Las ventajas de ser un marginado

Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) Stephen Chbosky; Madrid; Alfaguara; 2012.

Matar a un narrador

Para el lector de novelas acostumbrado a los conflictos sentimentales de pasillo de instituto, a los secretos de taquilla y los dormitorios con lucecitas de Navidad colgando de las paredes aunque se esté viviendo en el mes de agosto, es probable que esta historia llame la atención. Casi seguro es que él o ella le quiera meter el diente en la soledad de su rincón favorito de lectura, para fantasear con sus personajes protagonistas y evadirse junto a ellos de la angustia de los quince años, los dieciséis o los veinte.

A todos ellos, cabe la posibilidad de que este relato epistolar les marque como un navajazo en alguna parte de su cuerpo, todavía joven e inmaculado. Hay dolor en ella, un dolor que va mucho más allá del desengaño amoroso o la frustración del no saber quién se es cuando se empieza a ser alguien.

También existe una película, claro: comprobado el éxito comercial del texto, a alguien se le ocurrió que el propio escritor debía adaptar su propio argumento y convertirlo en un guión que luego dirigiría él mismo. Como es natural, desde aquí se desconoce el modus operandi en la preproducción del film y los factores determinantes a la hora de seleccionar, entre otras asuntos importantes como puede ser la banda sonora, muy especialmente, el reparto.

Al ver la película, se perciben un par de asuntos algo molestos: el primero es la elección del enamoramiento como eje y motor de la historia y el segundo la implantación artificial de Emma Watson como la “ella” por la que bebe los vientos y las tormentas el protagonista. El libro no va de eso.

El libro va de un chaval inteligente y sensible con problemas serios, que no sabe qué tipo de problemas son hasta el desenlace y que trata por todos los medios de no hacer daño a los que le rodean, sin exponerse a perderlos; que es bueno y que se rodea de gente buena, que ve la vida, efectivamente, con los ojos de un adolescente confuso pero que además, tiene un corte profundo que tarda en encontrar.

Leer el libro, que no es otra cosa que leer las cartas personales de ese adolescente a un amigo sin identificar, es también permanecer en el mundo de descubrimiento y duda de la edad en la que todo lo que nos rodea, choca por algún motivo, fascina o hiere, en extremo y sin medias dosis.

Y es que Charlie, expresa mejor que nadie esa sensación cuando dice que se siente “infinito”, sin un comienzo ni un final, presente y vivo en un momento, el mejor momento de su vida.

Así que leer esta historia y tomar nota concienzuda de cada libro que cita, buscar las canciones de las que hablan sus personajes y oírlas mientras se pasan las páginas es casi una obligación. Es la mejor forma de comprender a Charlie, antes incluso de que lo haga él mismo al final, cuando encaja las piezas de su puzzle mental y encuentra aquella que le faltaba.

Mejor ese dolor que el de ver a una nueva “estrellita de Hollywood” interpretando a alguien que no encaja en absoluto con sus estilo ni sus rasgos, que sobra en todos los momentos en los que aparece, parpadea y pretende ser irresistible. Emma no es Sam.

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