Juntos, nada más

Juntos, nada más. Anna Gavalda; trad. Isabel González-Gallarza; Barcelona; Seix- Barral; 2004

Es posible

Lo sé, porque a veces sucede. A mí me ha pasado en ocasiones que se cuentan con los dedos de la mano. A veces ocurre: una película supera a una novela en cuanto a las satisfacciones que reporta al espectador, alguien que se sintió aburrido y adormilado con la versión literaria de esa misma historia.

Sin embargo, no es el caso de Juntos, nada más, porque nada hay más distinto de esta novela que su adaptación para la gran pantalla.

¿Decepción? pues no mucha, ya me lo esperaba. Esperaba que detrás de una peli tan boba se escondiera una novela que por razones de peso pudiera justificar ella solita el éxito que tuvo entre millones de lectores. Tan mal no lo podían estar haciendo tantas personas a la vez.

Y es que es un libro delicioso de leer, sin más.

Anna Gavalda se fija en las personas que habitan en el mundo y las convierte en personajes, con la misma facilidad con la que Camille, la protagonista de esta historia, captura a los modelos de sus dibujos y los transforma en obras de arte. Al lector sólo le queda creer en ellos y confiar en que haya un mundo real en donde él tambien pueda habitar de esa manera.

Un capricho de sentimientos que viven juntos y comparten piso, se revuelven y chocan,se pierden y se terminan encontrando. Nada que ver, insisto, con la insulsa comedieta que ofrecía Claude Berry en el año 2007, en donde Audrey Tautou y Gillaume Canet mostraban sus atractivos -no precisamente interpretativos- como único gancho para un cuento demasiadas veces contado.

La película no aportaba nada nuevo y el espectador se perdía con la mezcla de géneros. Debía de ser difícil mostrar en imágenes los saltos que el texto da del drama existencialista a la comedia romántica, pasando por chistes verdes y dramas familliares. Leyendo la novela, sin embargo, estos encajan con cada una de las personalidades que se atribuyen a sus protagonistas. Cada uno, viendo la vida a su manera, reproduce un estado de ánimo en el lector y le pone contento o melancólico según vaya leyendo cómo ellos asumen lo que les va pasando.

Con pocas Camilles llegará a coincidir uno en la vida, muchachitas que se dejan morir hasta que las descubren y las riegan para que florezcan de nuevo, se fortalezcan e iluminen el cachito de tierra que les crece alrededor.

Poquitos Francks cocineros y escasos Philous de rancio abolengo conocerá el lector en alguna parte del mundo, porque quizás no existan hombres tan diferentes y tan encantadores a la vez rondando por las ciudades: uno zafio y el otro engolado, uno apuesto y el otro ridículo, ambos amables e igual de adorables.

Observación del ser humano joven y admiración por el viejo, sin más.

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