Flor de Loto

“Flor de Loto”. Cuentos Maravillosos de hoy y de siempre. James Riordan Ed. Barcelona, Plaza Joven, 1988.

Japón está sobrevalorado

Vaya por delante mi interés en dejar claro que el título de esta entrada no advierte relación alguna con sucesos recientemente acaecidos en mi entorno cotidiano. Por mucho que algunos puedan pensarlo y malicia no les faltará.

Dicho lo cual, comenzaré diciendo que esta entrada es una petición y es la primera que me hacen desde que escribo en esta página, hace ya siete años.

Alguien identificó las ilustraciones y el texto del post en el cual hablo del hermoso y triste cuento “Peer Gynt” de Ibsen y solicitó un comentario a propósito de otro de los maravillosos cuentos de la antología de James Riordan que los incluye. Como para negarme.

Ese libro, Cuentos maravillosos de hoy y de siempre acompañó mis gripes y mis faringitis desde los seis años hasta bien avanzada la adolescencia. Sí: son cuentos, no dibujos animados; no me avergüenza decirles que acostumbro a pasar mis enfermedades leyendo y que esta antología, me daba mucha paz.

Cuentos del mundo, de culturas diversas e ilustrados con estilos que nada tenían que ver unos con otros. De todo se aprende y de lo que se impregna uno cuando es niño, más. Me gustaba ir saltando de Rusia a España y de ahí a la India y a Noruega… pero cuando llegaba a Japón, me daba un pequeño calambre en la rodilla, como de vértigo. No me gustaba, ni me gusta, pero ahí estaba la correspondiente y obligada muestra de las naciones unidas en una antología literaria: “La flor de Loto”.

Cuenta la historia de una niña “hermosa y bondadosa” de quien su madre no quiere desprenderse, pero que acaba cediendo cual mercancía a un malvado demonio disfrazado de hombre “hermoso y bondadoso”, por el muy noble motivo de haber descubierto éste cómo se llamaba la joven, gracias al soborno de diferentes animalitos parlantes del bosque nipón. La madre, arrepentida, le regala un manto y le dice que le salvará cuando más falta le haga ser salvada por un pedazo de tela, que lo cuide.

Pasa el tiempo y el demonio la maltrata, alentado por sus dos hermanos cuya maldad no conoce límites. Ella entonces se lía el manto a la cabeza y se larga. Ellos la perseguirán y fieles a su estilo, irán sobornando a quien se cruce en su camino que pueda darles pistas del paradero de la joven.

El manto le sirve a la chica guapa y bondadosa para hacerse pasar por vieja fea e “invisible” (que cuando se es vieja ya se sabe que una desparece) para encontrar de esta guisa un trabajo que la mantenga y para ir tirando, hasta que un día, un pastor la descubre en la intimidad, junto al río, cepillando su melena y luciendo palmito lozano.

Una cosa lleva a la otra y nuestra protagonista va a casarse con el más guapo y bondadoso de los hombres del lugar, que le va a poner un casoplón en medio del bosque. Cuando éste es llamado a filas por asuntos de guerra y demás, será el momento en que ella descubra su embarazo y deba comunicar la buena nueva por vía postal a su querido y amado marido, en el frente de batalla.

Pero el mensajero, con tendencia al alcoholismo, será interceptado por los tres diablillos y le darán vino peleón hasta hacerlo caer rendido. Las cartas (ésta y las siguientes) serán tergiversadas y los mensajes entre la pareja pasarán a tener connotaciones absurdas que harán sospechar a ambos que algo demoníaco y guasón se interpone entre ellos.

Finalmente, el hermoso y bondadoso esposo, regresará triunfante de la guerra, cavará un agujero en el camino y lo mandará cubrir con discreción. Los tres demonios (que eran malos, pero también eran bobos) caerán dentro y con ello el cuento llegará a su fin.

Permítanme que les diga que hay que tener muchos siglos de tradición silente y mística a las espaldas de uno para poder contar esta historia con credibilidad. Yo no la trago desde la primera línea (además de sentirme gravemente ofendida como mujer trabajadora, independiente y autosuficiente que soy).

O eso, o estar abducido por el extraño poder de la cultura japonesa, ese que arrastra a tantos y tantos adeptos a lo largo de los años, ese al que todo le vale si es en silencio y hay flores de loto en algún punto.

Por cierto: “Flor de Loto”, así se llama la muchacha.

Sobrevalorado todo.

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