El mal de Portnoy

El mal de Portnoy. Philip Roth; trad. Ramón Buenaventura; Barcelona DeBolsillo; 2012

Que nunca paces haya

Si todos los males son esos, desde luego: que un hombre se asfixie ante el recuerdo y la manifestación verbal de sus propias y jocosas experiencias como obseso del sexo y de la culpabilidad, del complejo, de la búsqueda de un sentido a un tipo de vida que no tiene otro que la propia presencia, el ombligo de uno, el ego, sin más… menudo problema.

Entre pitos, penes y otras joyas se va ahogando el gilipollas de este relato, una historia que es un monólogo, igualito que el que los pacientes de un psicólogo regalan a sus terapeutas a cambio de un tipo de tratamiento que dé solución a sus cuitas y temores pero que aquí, por las buenas, sin comerlo ni beberlo uno va y se lo traga, unas trescientas páginas de pitorreo psicoanalítico porque sí.

En mi caso, porque me lo recomendaron.

De nuevo confirmo que son millones de colores los que tiñen el muro de los gustos y las preferencias personales.

Alex Portnoy, tiene un problema -o varios- y se dedica a llorar sus penas al lector, que bien pudiera tener las orejas de un psicólogo y la paciencia de un santo, porque el hombre es cansino en sus quejas y explícito en extremo respecto a los detalles de sus encuentros sexuales (reales o fantaseados, exprimidos por una imaginación perversa e incomprensible, para más de uno) en cada una de las etapas de su vida.

No obstante, parece que hable siempre de la misma, de una pubertad perenne que lo persigue y lo agobia con sus presiones y exigencias, sus apetitos, su incomprensión del mundo en general y de la familia en particular.

Además, Alexander Portnoy es judío y hay muchas cosas -demasiadas- que sólo un gentil puede hacer sin experimentar una abominable culpa acto seguido. O eso nos cuenta Alex, entre exclamaciones e interrogaciones con frases agónicas que flotan en un aura de cabreo permanente, aunque no se sepa muy bien contra quién o contra qué.

Alexander Portnoy, como ya hizo Tristram Shandy en el siglo XVIII, habla de su vida, regodeándose con generoso sarcasmo en lo más guarro y lo más absurdo, pasando por alto el lado más humano de quienes le rodean y destacando con letras de neón la estupidez de todos los que no son él mismo.

Que todas las guerras sean esas.

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