El legado de Humboldt

El legado de Humboldt. Saul Bellow; trad. Montserrat Solanas; Mondadori; Barcelona; 2010.

Más allá de la ceniza

Charlie Citrine, que es escritor de obras de teatro, que se las apaña como malamente puede para conciliar su familia con el resto de su vida, que negocia con rufianes e intima con mujeres fascinantes y genuinas y caóticas, tuvo un amigo a quien pasó de admirar profesionalmente a quererlo de modo incondicional. Von Humboldt Fleisher fue poeta, se le reconoció en vida y fue olvidado por el público mucho antes de alcanzar la tumba, mucho antes de que su fiel amigo Charlie percibiera de su parte, su legado.

Recorrer los párrafos de esta novela es adentrarse en los pensamientos y en la evolución vital de un personaje de los que cada vez cuesta más trabajo encontrar, aunque se busquen con lupa entre aguas literarias internacionales. Una vida escrita, que dentro de su propia narración se recuerda y se piensa, se proyecta hacia atrás y también hacia adelante, con ella Saul Bellow (Lachine, Quebec 1915 – Brookline, Massachusetts 2005) justifica sobradamente los porqués de haber sido premiada con el Premio Pulitzer en el año 1976, premio que se concede a aquellas obras que se pegan a la vida norteamericana como puede hacerlo el velcro a los pelillos suaves de una manta.

Pero más allá, mucho más allá de la trama de recuerdos y vivencias compartidas por esos dos autores de ficción, descubrimos a alguien que se presupone alter ego del propio autor real, un personaje que deslumbra por su ambicioso deseo de escribir un ensayo sobre el aburrimiento, obsesionado por esa “ciencia de lo invisible” predicada a través de la antroposofía de Rudolf Steiner, doctrina que Charlie Citrine respira y mastica como forma de vida, con cada sueño y cada desvelo, en cada instante de percepción dividida entre alma y cuerpo. Un hombre que persigue la comprensión del mundo, por medio del entendimiento con sus gentes más cercanas; alguien que igual que hacemos todos, comete errores y paga por ellos, viaja a otros países y observa a las personas para describirlas, para incluirlas dentro del marco de su novela vital.

Para Charlie Citrine, los taxis de Nueva York son “perreras” porque “te hacen sentir como si hubieras mordido a alguien y te trasladaran a toda prisa (…) la boca espumosa de rabia, para sacrificarte” y no le falta razón, suponemos. Le creemos.

Alguien que describe los episodios de tuberculosis en su infancia como un ciclo de desarrollo místico por asociaciones sensoriales subjetivas:

“Por culpa de la tuberculosis, relacionaba la respiración con la alegría, y debido a la lobreguez de la sala relacionaba la alegría con la luz, y a causa de mi irracionalidad, relacioné la luz de las paredes con la luz de mi interior. Al parecer me convertí en un tipo de aleluya y gloria”

Una novela de autores norteamericanos, judíos, de lengua afilada y dispuesta para el sarcasmo que se acaban volviendo contra sí mismos y contra la sociedad que los ha moldeado:

“El país se siente orgulloso de sus poetas muertos. Siente una tremenda satisfacción en el testimonio de los poetas en cuanto a que Estados Unidos es demasiado rudo, demasiado grande, demasiado desmesurado, demasiado fuerte, en que la realidad norteamericana es sobrecogedora. Ser poeta tiene algo de escuela, de femenino, de religioso. La debilidad del poder espiritual queda demostrada en el infantilismo, la locura, la embriaguez y la desesperanza de esos mártires. Orfeo conmovió a las piedras pero un poeta no puede practicar una histerectomía ni enviar una nave más allá del sistema solar”

Leer El legado de Humboldt y pensar en aquellos que con tanta pasión y persistencia han insistido en la necesidad de leerlo; comprender mejor a esas personas y alimentar la fantasía de algún día ser alguien que también conduzca a otros por las páginas de su propia historia y tal vez, indirectamente, también por las de su vida.

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