Educación siberiana

Educación siberiana. Nikolái Lilin, Trad. Juan Manuel Salmerón. Barcelona, Salamandra, 2010

Cuidado conmigo, que estoy muy loco

No me andaré con rodeos, que no está la cosa como para perder el tiempo en lecturas inconsistentes: no me ha gustado este texto. Estoy descontenta con él, con aquello que cuenta de un modo más bien tedioso y tosco; por estar insatisfecha, diré que incluso me ha decepcionado la traducción, directamente del original en italiano (¿por qué en italiano Nikolái? ¿qué necesidad tenías? seguro en tu lengua materna te fluían las palabras mejor… nos hubiéramos ahorrado disgustos todos).

Que no lo recomendaría, vaya. A no ser que uno quiera saber lo que se cuece entre Ucrania y Moldavia, a no ser que uno tenga una curiosidad ilimitada por enterarse de lo que hacen otras culturas en otros espacios, siguiendo otras reglas y creyendo cosas que el resto de humanos (occidentales, aseaditos y acomodados) no creeríamos.

En ese caso sí, puede que Educación siberiana hasta guste.

No seré yo quien descubra la pólvora con aquello de que detrás de una buena trayectoria de ventas hay una estupenda campaña de marketing (o casi delante de ella). Ustedes lo saben y yo también lo sé. Se habla de Roberto Saviano y se desatan los radares: tipos duros con dificultades presentes, pasadas y futuras, caminando sobre el filo de la navaja y marcando territorio; animales que sobreviven en un entorno hostil, que se devoran unos a otros real y figuradamente y que hacen del arma, de cualquier arma de cualquier color un objeto de culto ante el cual se postran y rinden pleitesía también real y figuradamente.

Pero hay modos y maneras y a mí este no me convence. Lo comparo (así soy) con Agota Kristof, quien también escribía en una lengua que no era la suya y de cosas que no son, afortunadamente “las nuestras” pero lo hacía bien, lo hacía genial, brutal, animal e inolvidable. Aquí un recuerdo.

Educación siberiana sin embargo, la cuenta un narrador en posición pasivo-agresiva que sin excusarse, describe el modus operandi de la sociedad de la cual realmente procede su autor: los urcas, una gente repudiada por el régimen soviético a quienes se expulsó desde Siberia a Transinistra. Gente que lo ha pasado mal y que con todas sus consecuencias se han construido una coraza fuerte como el titanio para aislarse del resto del mundo y vivir conforme a sus propias reglas, porque sí, porque ellos así lo han decidido y punto.

Una sociedad ultraconservadora hasta el escándalo, machista y religiosamente devota que se sustenta en la convicción de que la violencia, con más violencia se trata hasta alcanzar la lógica del “mato o me matan” para luego contarlo, llevarlo tatuado en la piel de (casi) todo el cuerpo y pregonar con orgullo quien uno es y de dónde uno viene, aunque ello paradójicamente le amargue a uno la existencia.

El protagonista/narrador/alter ego del autor emite su testimonio sobre ese trocito tan poco conocido del mundo en donde se ha criado, ha recibido palos de todos los colores y ha rajado tendones de piernas de varios enemigos, tanto dentro como fuera de la cárcel. El problema es que ahí empieza pero también ahí es donde termina su narración. No hay más y la manera en que está contado, la verdad es que me ha aburrido inmensamente.

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