Martín (Hache) y el desarraigo

Martín (Hache) Adolfo Aristaráin, 1997

Se buscan patrias

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el concepto “desarraigo”, como “acción y efecto de desarraigar” contempla los siguientes significados:

-“Arrancar de raíz una planta”.

-“Extinguir, extirpar enteramente una pasión, una costumbre o un vicio”.

-“Separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos que tiene con ellos”.

-“Expulsar, echar de un lugar, especialmente a un invasor o enemigo”.

Asimismo, en el Diccionario María Moliner encontramos:

-“Arrancar una planta de su raíz”.

-“Separar a alguien del sitio donde vive y tiene su familia y amigos”.

-“Apartarse a alguien de la patria o sitio en que tiene su familia, afectos intereses, etc”.

-“Suprimir o quitar completamente un vicio, costumbre, pasión o sentimiento”.

Destaco en negrita aquellas definiciones que se ajustan más adecuadamente al concepto que he querido desarrollar en este trabajo, es decir, el “desarraigo” como experiencia de “separación obligada del origen”, siempre ajena a la voluntad del que la sufre pero inevitablemente influyente sobre su conducta vital posterior.

Con ánimo de reforzar mi discurso, he buscado un sujeto informante cuya experiencia de desarraigo ha sido decisiva para conformar, tanto su carácter y personalidad, como su estilo de vida. Por otra parte, he querido establecer una comparación más o menos directa con un extracto de la película Martín (hache), y con las vivencias recordadas por mi abuela durante sus casi veinte años de vida en Brasil. Mi intención es la de demostrar que el desarraigo no es algo negativo; que se impone desde fuera pero que hay varias formas de enfrentarse a él y que, en última instancia, siempre es uno mismo quien decide cómo afrontarlo, y cómo permitir que entre a formar parte de su vida.

Lourdes Álvarez: una mejicana del mundo

A mis veintidós años y sin haber tenido contacto alguno con el mundo de la Antropología hasta la fecha, decido entrevistar a una mujer como Lourdes y para mí es un reto. Supongo que uno nunca es lo suficientemente consciente de todo lo que le queda por aprender en la vida o que, por lo menos, no lo es hasta que se muere y descubre que el día en que no se ha descubierto ni aprendido nada es como si en realidad se hubiese estado muerto.

Lourdes ha aprendido mucho de todas partes, quizás porque ha vivido en muchos lugares o, quizás porque no se ha cansado nunca de querer descubrir cosas. Sus palabras me sorprenden; sus conclusiones son tajantes. Es una mujer segura:

M: Y ¿de dónde sientes tú que eres?

L: De ningún lado. Yo: del mundo.

La infancia de esta mujer ha sido moldeada de acuerdo con una serie de opiniones contradictorias acerca de lo que es la “patria”; un niño de padres extranjeros asimila mal la conciencia de su ubicación hasta que no tiene una edad ya avanzada:

“Yo no sabía dónde vivía (…) éramos exiliados eso sí sabía (…) todos nosotros nos llamábamos los exiliados (…) para mí, exiliado era como una patria. Eso era mi patria. No era ni Méjico ni España”.

Los padres de Lourdes eran de mentalidades muy diferentes: mientras su madre reniega de su condición de exiliada y anhela la hora de poder regresar a España, el padre adopta el comportamiento típico del indiano: el hombre que emigra con el propósito de “hacer fortuna en las américas” y, tras pasar penurias y sacrificios económicos, es capaz de regresar a su tierra tan sólo para demostrar de lo que ha sido capaz:

“Él decía: yo he vivido tantos años en Méjico y tantos en España, de manera que he comido más años en Méjico que en España. Soy más mejicano que español… Pero todo eso él lo decía porque no se sentía mejicano”.

Parece imposible inculcar a los hijos un sentimiento de unidad o un vínculo concreto con lo que comúnmente se denomina “patria”, si uno no siente que sus raíces estén en ningún sitio. Ese desapego hacia la tierra que te ha visto nacer, acompañado de la indiferencia ante el lugar en el que has pasado la mayor parte de tu vida, generan confusión, y esa confusión se transmite como herencia:

“Regresamos a Méjico y era muy raro porque, antes de venir, España era una maravilla (…) y después de regresar ya había una mezcla. A veces hablaban bien de España, a veces hablaban mal de España; a veces hablaban peor de Méjico… la cosa es que yo nunca podía tener muy claro si algo era mejor o algo era peor, o de dónde yo venía, porque yo creo que ellos no lo tenían claro tampoco”.

Teniendo en cuenta estas descripciones, es perfectamente lógico comprender la situación de Lourdes y de sus hermanos, siendo pequeños exiliados y sin tener conciencia de ello:

“Cuando me preguntaban: oye, tú ¿de dónde eres? Yo no podía contestar, me quedaba muda. Mi mente no reaccionaba (…) Nunca decía: soy mejicana y sigo igual (…) digo: nací en Méjico”.

Pero las trabas del desarraigo no sólo se dejan notar durante la infancia, aunque sea en este período en el cual se graban a fuego las experiencias y las sensaciones que luego repercuten durante la vida adulta. Este testimonio deja constancia de lo extranjero que uno puede sentirse del mundo en general, si no hace el esfuerzo de integración con la sociedad requerido. Un exiliado es alejado de todo aquello que constituye su origen , para ser instalado artificialmente en un territorio extraño, pero la integración es una decisión personal… o quizás una pura cuestión de orgullo:

“Poco a poco empiezo a darme cuenta de que no me interesa tener raíces (…) Lo grueso no es no más de dónde soy sino quién soy, porque si no eres de ninguna parte tampoco eres nadie, y si tu familia no pertenece a nada pues, ¿a quién perteneces tú?”.

En definitiva, este acercamiento mío al ámbito de la experiencia del desarraigo es más un acercamiento a su condición como sentimiento, como algo subjetivo, personal y, hasta cierto punto, voluntario. Para mi informante, todo se resume en una mera apreciación personal de lo que uno es y de lo que uno ha vivido, conformándolo con quien ha querido en el lugar que le ha tocado permanecer:

“En esa época yo ya me sentía como más arraigada a Méjico, a un Méjico que yo me inventaba, el Méjico comunista, el Méjico socialista… que ese no es Méjico… sentía que ésos eran mis amigos. Yo había hecho un Méjico mío, que yo lo había construido y ese era el Méjico que yo estaba dando a mis hijos”.

“Lo que sí sé… es que puedo estar en cualquier parte, pero que no pertenezco a ninguna parte. No tengo la sensación de pertenencia ni nunca la voy a tener”.

El desarraigo en Martín (Hache):

MARTÍN: Madrid es un buen lugar para vivir.

HACHE: Y ¿no extrañás? ¿Nunca te dieron ganas de volver?.

MARTÍN: Eso de “extrañar”… la “nostalgia” y todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña un barrio, en todo caso, pero también lo extrañás si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, el que se cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o como un portugués. Son estadísticas, como números sin cara.

Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos… y eso sí se extraña, pero se pasa.

Lo único que yo te digo es que cuando uno tiene la chanza de irse de Argentina, la tiene que aprovechar. Es un país donde no se puede ni se debe vivir: te hace mierda.

En 1997 llega a las pantallas españolas una de las grandes películas de Adolfo Aristaráin: Martín (Hache). Es la historia del reencuentro en Madrid, después de seis años, entre un padre (Martín/Federico Luppi) que vive allí, y su hijo (Hache/Juan Diego Botto) al que va a buscar a la Argentina, con motivo del ingreso de éste en el hospital por sobredosis.

Escojo este fragmento porque lo considero clave en la manifestación del sentimiento de desarraigo; el contexto es el siguiente: Martín y su hijo están cenando en un restaurante de Madrid. El padre intentará por todos los medios, a lo largo de la película, que su hijo se quede a vivir con él en España, aunque sin decirle abiertamente que el motivo es que su madre considera que en su casa “sobra”. En este momento, Martín está intentando convencer a Hache de que si uno no consigue adaptarse a la vida fuera del país en el que ha nacido, no es porque añore su “patria”, pues se trata de un concepto falso. Asegura que uno sólo se aferra a sus vivencias, a sus amigos… pero no a una bandera ni a un sentimiento nacional que ha sido inventado por otros.

Martín (Hache) es una de esas películas “cercanas” al espectador, porque toca temas comunes a nuestra sociedad y porque lo hace de una forma natural, sin pretensiones. Más allá del típico planteamiento de una relación frustrada padre-hijo, la película se mueve entre temas muy variados, siempre cercanos, como el consumo de drogas, la insatisfacción con el trabajo, la homosexualidad, la amistad, el matrimonio, la adolescencia… un reflejo, una “película-espejo” para todo tipo de públicos.

Pero no sólo el espectador empatiza con las experiencias que Aristaráin propone para Hache y su padre. En entrevistas realizadas durante el rodaje, los mismos actores declaraban que, tras a lectura del guión, se había despertado en ellos un profundo y repentino sentimiento de entrega al oficio y unas ganas enormes de abordar el proyecto, en parte, por ser todos argentinos (a excepción de Eusebio Poncela) y estar especialmente familiarizados con la situación planteada.

Hablando de su personaje, Juan Diego Botto aseguraba:

“Él nace aquí y se vuelve a Buenos Aires con su madre (…) en su casa sobra; su madre no quiere estar más con él. Tampoco tiene nada que él considere que es un “arraigo”, no tiene unas raíces allí, o no siente que las tenga.

Él viene a probar con su padre, con el que en los últimos seis años nunca ha vivido. Se viene en busca de ver cómo es su padre, de ver cómo es Madrid, el sitio donde nació…

“Son vivencias que te tocan por todas partes, por lo menos a mí que nací en Buenos Aires, vivo aquí… también estoy un poco desarraigado ¿no? Porque hay una gran diferencia entre una marcha escogida y un exilio forzado (…) y aun así: aunque sea escogido, existe también un desarraigo, el vivir en un sitio que no es donde tienes tu marco, tus raíces culturales… y aparte de eso, por causas afectivas que te tocan por todos los lados. Es dura. Es dura de cojones”.

Indudablemente, puede que la película sea tan dura como afirma Juan Diego Botto por el simple hecho de tratarse de un género dramático, con suicidio incluido, pero en este caso parece claro que quien habla no es el actor sino la “persona”: Juan Diego Botto abandonó su Argentina natal junto a su madre y su hermana cuando desapareció su padre durante el régimen de la dictadura. Se instalaron en España y aquí es donde vive desde entonces. Él mismo lo reconoce: su caso es el de un “desarraigado” más, como Hache o como su padre.

Por su parte, también Federico Luppi declaró haberse sentido vinculado de un modo especial al personaje de la película, casi como algo personal:

“La vuelta a Buenos Aires es obligada porque uno tiene sus cosas allá pero… cada vez que me voy, después de estar un tiempo en España, durante cuatro o cinco días -a veces una quincena- la paso bastante mal. Empiezo a extrañar las calles de Madrid, los verdes, los paseos, los lugares… yo camino mucho. De alguna manera, siempre tengo la sensación –ilusa- de que en algún momento vuelvo…

“No sé qué pasaría si realmente algún día decidiera quedarme aquí, es más complicado, a mi edad (…) Yo he vivido el desarraigo de otros, de exiliados, de gente por razones políticas… pero me da un poco de pudor confesar que no me ha pasdo nunca a mí. Estar mucho tiempo en Madrid me ha significado gozar mucho de los paseos, de la soledad… -en eso me parezco a Martín Hechenique- y de saber que puedo elegir varios lugares de Madrid para mí sólo (…) Pero lo importante es que siempre he vivido mi estancia aquí en España como una suerte de “permanente descubrimiento”, y eso es muy lindo. Llegada una altura de la vida, eso es una cosa maravillosa”.

El testimonio de Federico Luppi resulta adecuado como contraste con la teoría del desarraigo asociado a algo negativo: el país de origen no impone ningún vínculo; no existe cordón umbilical alguno que nos ate forzosamente al lugar en el que nacemos, y si existe, somos libres de romperlo en el momento en que nos sintamos más a gusto en otro sitio, en otro territorio en el que haya amigos… o simplemente parques para pasear.

Cecilia Roth también fue entrevistada acerca de su personaje, Alicia, la amante de Martín, también argentina y también sin lugar en el mundo:

“Alicia es una argentina que vive en Madrid desde hace unos años, que ha llegado a Madrid a casarse con un tío de cine, porque ella también trabaja en cine, ella es editora de cine… y la relación no ha funcionado. Se ha quedado en Madrid. No tiene a nadie en la Argentina. Conoce a Martín, que es Federico Luppi, y empiezan una relación.
Eso es lo aparentemente más obvio de Alicia. Luego, detrás de eso hay una chica desesperada, desterrada, sin lugares, sin olores conocidos… con una actitud aparentemente optimista y llena de vida, que oculta luego algo más dramático, que es eso: la soledad de una persona que está lejos de su “esencia”, lejos de su “lugar”… y lejos de un lugar que tampoco ya existe ¿no?”.

El personaje de Alicia conmueve al espectador. Como bien dice Cecilia Roth, se trata de una “chica desesperada” pero lo dramático surge cuando descubrimos cuáles son los motivos de su desesperación: Alicia es la pareja de Martín, no tiene familia y él es lo único a lo que puede vincularse de un modo afectivo, pero él no se ata a nadie. Su relación sentimental es, por tanto, frustrante. En su desesperación, y amparada por los consejos de Dante (papel interpretado por Eusebio Poncela) el amigo homosexual de Martín, Alicia llega a insinuarse a Hache, quien no puede evitar sentirse atraído por ella. Pero entonces reconoce que no es posible, que lo que quiere no es una relación sexual con un jovencito atractivo… no es lo que quiere porque no es lo que necesita. Alicia está carente de afecto, en todos los sentidos: no sólo no es correspondida en el amor sino que tampoco cuenta con un lugar de origen en donde se la esté echando de menos. Es un ser sin raíces, una inadaptada, víctima de la cara más oscura del desarraigo, que acaba conduciéndola al suicidio.

Un testimonio familiar: el Brasil de mis abuelos

En mi opinión, la mejor forma de abordar un tema siempre es recurrir a las experiencias personales, por lo menos, es la forma más segura porque uno no se engaña a sí mismo si habla de sí mismo. De modo que, dicho esto, puedo sentirme afortunada, porque el desarraigo se ha vivido en familia durante años, y continúa viviéndose a día de hoy.

Dado que no me ha sido posible grabar la entrevista que le realicé hace tiempo, a continuación expongo un breve resumen de los dieciocho años que vivieron mis abuelos en Sudamérica.

En 1956 se casan mis abuelos. El espíritu aventurero de mi abuelo lo empuja a abandonar España e irse con su joven esposa a Uruguay. No son motivos de trabajo: mi abuelo trabajaba aquí como veterinario, pero no estaba conforme y convenció a mi abuela para desplazarse y adquirir otro estilo de vida.

Después de un año allí, un anuncio en el periódico despierta la curiosidad de ambos: se necesita a un matrimonio para cuidar una hacienda en un lugar llamado “Paso de los Libres”, en Uruguayana, la frontera con Argentina. El matrimonio requerido se pone manos a la obra y, en poco tiempo, están trabajando en la Cabaña Julieta como “ayudante de servicio” ella y como veterinario del ganado él.

Al cabo de unos meses, parece ser que los dueños consideran que mis abuelos podrían encajar mejor trabajando en la ciudad, sobre todo mi abuela, a quien se la debía de ver bastante descontenta con su nuevo oficio de sirvienta. La propuesta es clara y no dudan en trasladarse a Uruguayana, a una casa adosada a la “mansión” de Don Flodoardo. Mi abuelo trabaja entonces separando calidades en una fábrica de manufactura y exportación de lanas.

El señor hacendado, ofrece a mi abuelo el ponerse al cargo en la regencia de su hotel en el sur de Brasil (concretamente en Curitiba, Estado de Paraná). Meses más tarde inaugura otro en Florianópolis, una ciudad de veraneo en la costa, mayormente ocupada por alemanes. Mis abuelos son trasladados al segundo. Allí nacerá mi tío.
Al cabo de un par de años, mi abuelo comienza a tener problemas con el cobro de su sueldo, decide quejarse y acaban despidiéndolo.

Ahora viven en Curitiba, en una casa alquilada. Él trabaja como representante en una oficina de repuestos de coches y ella es bordadora en un comercio de trajes para novias. Son meses difíciles y aún se vuelven peores cuando la oficina cierra y mi abuelo se queda sin trabajo. La única opción que les queda es la de pedir dinero a la familia.

Nace mi madre. En este momento es cuando mi abuelo siente brotar en él su vena más salvaje, la naturaleza lo llama y decide ir a trabajar a una façenda de café y banana en Paranaguá. Allí se traslada toda la familia para vivir durante más de tres años.

Este período marca un antes y un después en la vida de mis abuelos; la vivienda estaba situada en medio de la selva, a una hora y media de distancia del embarcadero si se cruzaba el mar en barca, y sólo se accedía a él si subía la marea. No tenían vecinos, sólo convivían con los trabajadores de la plantación, todos ellos nativos y sorprendidos ante la blancura de mi abuela y de los niños.

Empieza a ser necesario trasladarse al mundo urbano una vez que mi tío y mi madre alcanzan la edad escolar. Vuelven a Curitiba.

Mi abuelo trabajará como veterinario, funcionario del Estado en la Secretaría de Agricultura y, cinco años más tarde, vuelven a mudarse de casa. Compran un piso y allí vivirán hasta que deciden volver a España.

Pese a haber oído este relato infinitas veces a lo largo de mi infancia, aún me sorprendo de la capacidad de iniciativa de mi abuelo. Oírle contar sus experiencias en la selva, esquivando arañas y lagartos gigantes y protegiendo sus propiedades del temido “rugir de la marabunta” es algo que recuerdo con cariño… y es que no todas las familias tienen la suerte de contar entre sus miembros con un Indiana Jones del Amazonas.

A la hora de abordar este trabajo, le pedí a mi abuela que fuera ella la que me contara la historia una vez más. Mi abuelo murió hace tres meses y me interesaba especialmente conocer la versión materna de los hechos. Todo un descubrimiento.

Sus palabras no adquirían el tono emocionado de las de mi abuelo al evocar las noches pasadas en la façenda, noches en las que el “ruido del silencio” lo llenaba todo y no había nada, ni nadie. Mi abuela, no sonríe cuando describe el transcurrir de los días en una casa rodeada de plantas y árboles tropicales con indios que observan, que te observan a ti… durante horas. No. Puede decirse que mi abuela no vivió aquello como una aventura, más bien fue una locura.

Yo quería saber el motivo principal por el que, después de tantos años, habían decidido regresar, pero no obtuve una respuesta clara. Quizás por los niños; puede que la familia insistiera en que regresasen… el caso es que la decisión fue irrevocable y, desde entonces, no han vuelto.

¿Cuál es la actitud de mi abuela ahora? La de una mujer convencida de que todo podría haber sido diferente si se hubiesen quedado en el país extranjero, en la patria de sus hijos. Mi abuela se lamenta. No es desarraigo exactamente lo que transmite, es un sentimiento de pena, de tristeza ante aquello que “pudo haber sido y no fue”. No parece insatisfecha, pero sí reticente.

En mi seguimiento del sentimiento del desarraigo, el testimonio de mi abuela alumbra una nueva perspectiva: una estancia dura y un retorno frustrante. Si me detengo a observar la conducta de mi madre y de mi tío por aquellos años, encuentro claros paralelismos con las experiencias de Lourdes y sus hermanos en la primera de las entrevistas: lo extraño y lo propio comiendo juntos en la misma mesa; tu tierra y la tierra de tus padres; “a quién pertenezco” y “quién soy”… más de lo mismo.

Viendo Martin (Hache) con mi madre, en una ocasión, recuerdo que me dijo haberse emocionado con algunas escenas, con frases cargadas de sentido porque afirmaban cosas que así habían sido vividas también por ella, en Brasil:

…porque la patria será un verso, pero a veces extraño los tejados de las casas. En Brasil son diferentes. Aquí son grises…

[Madrid, Junio de 2004]

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