Mientras duermes

Mientras duermes; Jaume Balagueró; 2011

Dexter pone la semilla del Diablo, en Barcelona

Buenas cosas son las que se hacen bien, claro está: pero también son buenas aquellas que bien se copian, que bien se tratan y que con el debido respeto son homenajeadas. La copia al igual que la arruga, es bella si es buena.

Negar que la película Mientras duermes sea un patchwork muy vistoso de los mejores momentos de algunos de los mejores thrillers psicológicos de todos los tiempos sería de necios y de testarudos. Hablando claro: la historia no es original, pero como nadie hasta ahora ha manifestado lo contrario tampoco será menester el batirse en duelo contra nadie por demostrarlo. Es una película muy divertida, aunque no sea original -o precisamente gracias a ello-. Lo cortés no quita lo valiente, ni lo apañado.

Obviando coincidencias y puntos en común nada disimulados, la película de Jaume Balagueró (un meritorio y esforzado realizador con debilidad por un estilo siniestro hasta hace poco, bien poco trillado en las tierras del cine español) se pasa muy bien ante el espectador, se deja ver con interés y curiosidad crecientes a medida que al cabroncete protagonista se le va cerrando el cerco y reacciona con las mayores maldades que su mente perversa va maquinando. Es un malo con solera, con muchas tablas y con mente insomne.

Uno ya sabe que Luis Tosar se hace creer si interpreta a un tío chungo; lo de mirar desde debajo de las cejas y desde el fondo de los ojos es que lo borda así que no va ser él quien centre las atenciones de este comentario, sino el conjunto de actores que suben y bajan escaleras, abren puertas y cierran ventanas dentro del edificio modernista en que se ubica la trama de Mientras duermes. Ya sucedía en Rec y se repite ahora: que aquellos que actúan en un segundo plano son los que captan la atención del público, porque son simpáticos o reconocibles o naturales. Ella, la chica ideal de sonrisa perfecta y piso decorado por ZARA HOME es feliz, por supuesto, por eso come NUTELLA y se embadurna con cremas caras todas las mañanas, se veía venir; el resto son los de siempre, los que viven enfrente o en el piso de arriba, las víctimas de la locura de ese cancerbero que en vez de varias cabezas tiene varias personalidades, según a quien se dirija, que guarda celoso la llave de cada apartamento, que sube a la azotea y vigila convertido en gárgola, en demonio, a los que caminan y viven en el mundo. Acongojante.

Para quien le interese, existe editada por PLAZA & JANÉS una novela con el mismo título, escrita por el productor ejecutivo de la película que aunque ambientada en Nueva York y con algún que otro cambio más que justificado según su autor tiene muy buena pinta.

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