Nadie sabe

Nadie sabe. Hirokazu Kore-eda, 2005

Pintando la vida

Alguien dijo una vez que Velázquez había sido capaz de pintar la luz y el aire en sus cuadros, que “Las hilanderas” era el único cuadro capaz de reflejar el polvillo que flota en la atmósfera cuando es atravesada por un rayo de sol. Creo que es cierto. Ahora podría añadir que directores de cine como Kore-eda Hirokazu hacen algo parecido en sus películas, pero con el tiempo.

Nadie sabe refleja el paso del tiempo en las imágenes rodadas de sus protagonistas.
Hace dieciséis años, un suceso heló la sangre al director de este filme y se puso en marcha para elaborar una historia y convertirla en película. El tema de los niños que viven clandestinamente en Japón acabó viendo la luz en forma de guión quince años más tarde.

Hermosa película. Valiente retrato de una infancia descompuesta por culpa de un adulto irresponsable, inconsciente, inconsecuente… Nadie sabe da al espectador una lección acerca de la ternura: el mundo de los niños olvidado en el mundo de los mayores; se vuelca la atención sobre Akira y sus hermanos, abandonados y condenados a sobrevivir en un espacio en el que no existen para nadie.

Y el tiempo pasa. Como las plantas que crecen más allá de los barrotes de la alcantarilla, Akira, un adulto artificial, hace que sus hermanos germinen fuera del espacio que los esconde de la ciudad de Tokio, más allá de un apartamento de 41 metros cuadrados e inevitablemente conducidos a un final lamentable y conmovedor (ante La tumba de las luciérnagas, los espectadores más aficionados al cine de animación ya se habían dejado lamentar y conmover por Miyazaki, pero esto es otra historia).

Asimismo, puede que un solo plano de esta película transmita más información que media hora de cualquier “falso documental” de los que proliferan en el panorama occidental actual, porque puede que la carga emocional pese más que los acontecimientos que levantan una historia sobre la nada, aunque se trate de acontecimientos reales. Nadie sabe pesa tras haberla visto, y no porque cuente cosas especiales: porque hace que el espectador pueda verlas, mientras cambian porque pasa el tiempo, como todo el mundo sabe que hizo Velázquez con la luz.

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