La busca. La lucha por la vida (I). Pío Baroja. Prólogo de Ricardo Senabre. Madrid: Alianza, 2013
Travis en Lavapiés
«Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía en contra de él y no trataba más que de martirizarle y de negarle todo.
Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el Bizco y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de haber crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y desdén…»
Capítulo 8
Manuel llega a la ciudad, se resguarda de los peligros junto a su madre durante unos días y le ayudan a encontrar un trabajo (en el mundo de la venta y reparación del calzado, nada menos). Poco a poco, Manuel le va descubriendo las orejas al lobo de la vida y a medida que la cosa se oscurece, el chiquillo acaba rodando por la ladera del vicio, el hurto, la picaresca y el mal hacer.
Por tratarse de la primera novela de la trilogía, la historia no se recrudece demasiado (aunque se describe una corrida de toros que bien pudiera haber inspirado a Albert Serra en sus Tardes de soledad) pero ojo, porque esperanza hay poca.
Desconozco si hoy en los institutos se estudia a Baroja como se estudiaba en mis años mozos: novela de formación de personaje, lenguaje del arrabal, denuncia social y toda la violencia machista que puede caber en un argumento de ocho capítulos… ¿por qué no completarla con un visionado de Taxi Driver? Desde aquí lanzo mi propuesta al profesorado, que me consta que anda escaso de ideas, a veces.
La frustración de Manuel crece a medida que el mundo le golpea con sus injusticias y a Travis le sucede algo similar, pero a diferencia del neoyorkino, Manuel hace amigos, gente que tal vez no sea la más recomendable pero de la cual aprende y con la que adquiere experiencias: cacos y borrachos, prostitutas deslenguadas, mendigos y demás personajes más propios de las pinturas negras de Goya que del Madrid que podamos reconocer en el 2026 (¿o no?).
A Travis, en cambio, la soledad le lleva a tomar decisiones extremas y de dudosa lucidez, aunque sus consecuencias nos regalen uno de los travellings cenitales más espectaculares de la historia del cine.
Publicada por entregas en 1904, La busca narra una época en la que si bajabas la Ronda de Segovia y mirabas hacia el horizonte podías adivinar Getafe, días en los que la ciudad se terminaba más allá de la Plaza del Campillo Nuevo y en donde el río marcaba el límite con una zona de cuevas y chabolas que era cualquier cosa menos símbolo de un estilo de vida saludable del Madrid Río de hoy.
Y que me lleven presa por el atrevimiento a compararla con Scorsese, pero creo que el único delito aquí es no haberla leído hasta ahora.

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