Hamburguesas

Con una de las ofertas gastronómicas más clásicas e interesantes de la ciudad (que no lo digo yo, sino las guías) Chez Paul se ofrece a sus visitantes desde la esquina que forman la rue de Charonne y la rue de Lappe del XI arrondissement parisino. El local, apostado con descaro en un barrio de orígenes turbios, asoma provocador con cortinajes de terciopelo rojo en sus ventanas y unas tres o cuatro mesas en la terraza de la entrada.

Por allí se circula mucho, todos los días y a todas horas pero, especialmente, durante los fines de semana. Bastille y su periferia se llenan de turistas y locales con espíritu festivo, peatones sedientos y hambrientos que se dejan tentar por los carteles de pizarra que prometen satisfacción.

La formula midi del mediodía.

La happy hour de la tarde.

La oferta de chupitos, música en directo, cócteles y cervezas de la noche.

Chez Paul se sostiene con dignidad rodeado de bares y pizzerías de medio pelo. Es de otra pasta. Categoría superior.

Yo he estado allí tres veces: una en la primera ocasión que visité París, cuando Fran me llevó a tiro hecho, nada más soltar la maleta en nuestro apartamento y movidos por un hambre atroz y, las otras dos, durante esta otra estancia de dos meses.

Tal vez antes de visitar la ciudad al viajero le aconsejen no perderse los famosos bouillons, casas de comida tradicional, con mesas compartidas y un ritmo fluido en el servicio que, pese a las colas que se forman siempre para acceder, aseguran una atención eficaz y, sobre todo, asequible económicamente.

Pues bien, yo les aconsejo el Chez Paul.

Y no lo digo por el sobrado encanto del espacio en sí, un local de dos plantas con mesas diminutas aprovechando cada rincón y sin distancia de seguridad que valga, precedido de una barra auténtica, con unos camareros más auténticos todavía; no, lo digo por ella: la maître, diva protagónica del negocio ante quien es imposible resistirse (quien lo haga no tiene más que fijarse, de camino a los servicios de la primera planta, en el cuadro que domina la sala, un retrato suyo reclinada en un sofá, con toda su belleza y corpulencia regalada a ojos de un cliente que pasará a convertirse en espectador en ese mismo momento).

La mujer, rubia y perfectamente maquillada, siempre peinada con un moño alto y tocada con un sutil eyeliner en el párpado superior os recibirá con una sonrisa escéptica y escogerá una mesa para vosotros. Luego regresará y os preguntará qué habéis decidido (el canard, el steak tartare, la tabla de quesos, cualquier modalidad de vísceras…) y cuando le digáis lo que queréis y alguien del grupo se decante por la hamburguesa de la casa, cuando burlona os pregunte que «cómo» queréis la carne y vosotros, incautos, respondáis que «muy hecha» o «poco hecha», ella responderá rotunda que no, que «al punto» y punto.

Por eso debéis ir. Porque ese punto no os decepcionará.

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