Cementerios

─Hola.

(Música emotiva que suena sólo en mi cabeza).

─Ah ¡Hola, María! al final habéis venido ¿Os ha costado mucho encontrarme?

Miro a Fran y sonrío con incomodidad. Sí, es cierto, no ha sido fácil dar con él. Siempre pasa lo mismo en los cementerios famosos cuando se trata de encontrar una tumba concreta; quizás porque están todas mal señaladas o porque los planos los ha diseñado alguien utilizando los dedos de los pies en lugar de los de las manos, a saber, pero es fácil perderse y la tumba que una busca nunca aparece a la primera.

─Sí que ha sido un poco lioso pero bueno, aquí estamos. Tenía ganas de verte y ha merecido la pena el paseo ¿cómo estás?

Digo esto e inmediatamente me arrepiento: le estoy preguntando a una persona que lleva muerta desde 1950 que «cómo está». Soy gilipollas.

─Tranqui, no pasa nada. No me molesta que lo preguntes, demuestra educación por tu parte así que no pongas esa cara de apuro, mujer. Estoy bien, ya imaginas: aquí sigo, viendo vuestra vida pasar en esta postura que le han puesto a la estatua que tengo encima. No es fea ¿verdad?

La miro con atención. No parece muy alegre. Ninguna lo parece en todo el recinto del cementerio de Montmartre, claro, cualquier otra cosa sería extraña, como el gato de colores de Montparnasse, una escultura de Niki de Saint Phalle para la lápida de su ayudante… una cosa loquísima.

─Te han esculpido en el personaje de Petrushka y eso me gusta mucho aunque no entiendo lo de las botas de vaquero.

Vuelvo a mirarla y veo que tienen incluso cuña ¿A quién se le ha ocurrido vestir al más famoso bailarín ruso de todos los tiempos con calzado country?.

─Lo sé, yo tampoco lo entiendo pero aquí me tienes, reflexivo y tristón, quizás sea por eso.

─Sí, quizás… ¿sabías que Petrushka es el primer ballet que vi en mi vida?

La estatua continúa pensativa con la mirada perdida en el infinito, más allá de la línea de la tapia del cementerio.

─Por supuesto que no lo sabes pero te lo cuento, que para eso he venido a saludar. Tendría yo unos ocho años y el papel principal, el tuyo, lo interpretaba Nureyev.

─Oh, Nureyev, sí… buena gente, Rudolf. Está en Sainte-Geneviève-des-Bois, un cementerio ortodoxo más allá del aeropuerto. Maravilloso. Petrushka lo cambió todo, cosas de Serguéi, ya imaginas.

Imagino que Diáguilev tendría sus cosas, sí, me lo imagino.

─Supongo que por eso me han colocado de esta guisa: como una marioneta con mal de amores.

Fran me hace una foto y se va a dar una vuelta en busca de la tumba de Truffaut. Cada uno con su peregrinaje. Me quedo sola ante la lápida de Nijinsky. Aprovecho para acercarme un poco más.

─Oye, una cosa, ya que mencionas otro cementerio… tengo una duda.

─Dime. Será por los años que llevo aquí, a ver si hay suerte y te puedo ayudar.

Los árboles se agitan para dar suspense al momento. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Le pregunto.

─¿Tú sabes por qué hay gente que trae a sus gatos aquí a pasear?

Un silencio helado me golpea la cara justo cuando Fran regresa para que le tome yo una foto a él con Stendhal y me despido de Vaslav. Ninguno de los tres sabemos por qué en París se hacen esas cosas.

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