Flores

Una mañana del mes de abril, ya bien avanzada la estancia parisina, acompaño a dos amigos que están de visita al barrio de Montmartre porque quieren recordar a Amélie, comprarse boinas, montar picnics sobre la hierba y recrearse en las vistas alucinantes y para eso estamos.

Ella se hace fotos, muchas fotos delante del Sacré-Coeur y también al pie de las escalinatas más famosas de la ciudad mientras nosotros preparamos la empanada y las patatas fritas sobre el césped. Hace muchísimo calor y hay demasiada gente en el trocito de hierba que hemos escogido, condiciones que nos impiden estar a gusto del todo pero es París y es lo que toca. Abrimos el vino de tapón de rosca, servimos en los vasos de papel y ella guarda el teléfono para regresar a nuestro lado. Comemos. Charlamos. Regresamos por donde hemos llegado.

Al cruzar por la Rue des Abbesses ella se detiene y abre mucho la boca con admiración porque hay un restauranteal cual han colocado una abundante mata de plantas y flores alrededor de la puerta; el adorno ocupa también parte de los ventanales en la planta superior del edificio y ella no puede dejarlo escapar a su cámara digital.

⏤¿Serán flores de verdad? Me encantan… qué preciosidad.

Yo lo pienso antes de darle una respuesta pero estoy casi segura de que no, de que se trata de de un arreglo de tela y plástico.

⏤Imagínate cambiar esto cada vez que se mueren las pobres plantas, no, no creo que sean auténticas.

Los tres miramos ese exceso de ornamentación durante un buen rato y luego nos marchamos.

Unos días después, de paseo descontextualizado por el Bvd. Saint-Germain una joven me grita desde la puerta de la boutique de Karl Lagerfeld. Al principio la ignoro, porque no creo que me reconozca como la prestigiosa autora de novela histórica que soy, me extraña que reclame mi atención por ello así que finjo no darme cuenta. En general, no suelo atender a los gritos pero ella insiste hasta que no tengo más remedio que acercarme.

Me entrega un ramo de flores. Están a punto de ponerse mustias. Las huelo y ella sonríe (el lenguaje universal, siempre).

⏤Nos han sobrado por el National Earth Day y no queremos tirarlas…

Pues no seré yo cómplice de ese crimen ecológico, pienso. Le doy las gracias y me quedo el ramo para proseguir mi camino pero a los pocos segundos comienzo a estornudar y no puedo parar. Mi nariz moquea litros de mucosa, no hay celulosa suficiente para calmar la fuga y he de tomar una decisión comprometida si queiro salvarme de la alergia.

Pienso que deben de ser las flores porque son naturales, son «de verdad».

Sintiéndolo mucho me deshago de ellas y las abandono a la puerta del Palais Bourbon, con todos mis respetos hacia el parlamento francés: he de reconocer que a veces las flores de plástico sientan mejor.

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