Bibliotecas

Acabo de llegar a Paris y, además de comprar cremas y tapones para los oídos que mi amiga Marta me ha dicho que son muy baratos, tengo dos meses por delante para organizar el argumento de una novela. Sesenta días para archivar contenidos, fotografías y anécdotas para «amueblar» un libro que todavía no he escrito. Primera necesidad: un espacio para escribir.

Salgo a la calle el martes 1 de marzo y me compro el abono mensual. Tendré que tomar un par de metros diarios que me lleven al barrio de Pantin así que me siento en una marquesina de autobús con la fotografía de carnet que me traje de España y la pego en mi tarjeta Navigo. Ya estoy identificada. Ya puedo subirme a todos los medios de transporte público que esta ciudad pone a mi disposición, pero son las nueve de la mañana y el Centre National de la Danse no abre las puertas de su Médiathèque hasta las 13:00.

Me han aconsejado el espacio del museo Pompidou, una biblioteca muy vistosa pero que permanece cerrada hasta las 11:00. Tengo un problema.

⏤Disculpa ¿a qué hora abren las bibliotecas aquí?

Una joven bastante más joven que yo está esperando a alguien en el banco junto a la marquesina del autobús en donde estoy sentada. Me mira. Busca en la pantalla de su teléfono y me responde que vaya a la Biblothèque de LArsenal, que está a unos diez minutos de distancia y está abierta. Se lo agradezco y, antes de que me dé tiempo a despedirme, llega otro joven todavía más joven que ella y le entrega una bolsa a cambio de un billete de diez euros (deduzco que se trata de una compra acordada a través de alguna aplicación) se sonríen y se saludan. Yo ya no existo para ninguno de los dos. Hablan en francés y me diluyo entre el banco y el asfalto. Me voy en busca de la biblioteca.

Camino por el Boulevard Henri IV y tachán, a la izquierda a aparece el jardín con su parterre, su gravilla, sus flores y detrás, el imponente edificio de la biblioteca. Compruebo que está abierta hasta las 18:00 así que me lo puedo tomar con calma.

El idioma universal de la sonrisa me permite explicar al personal de la sala, sin necesidad de un dominio de la lengua francesa del cual carezco, que sólo necesito un asiento bien iluminado y un trozo de mesa para trabajar durante unas horas. Me sonríen mucho y me piden que rellene un trozo de fotocopia como los que entregábamos en casa cuando el colegio nos llevaba de excursión, para que nuestros padres lo firmaran y autorizaran la salida. Firmo el pedazo mal recortado y se lo entrego al sonriente bibliotecario, a cambio me entrega mi «pase temporal» que él mismo ha escrito a boli bic con mis datos personales. Es el salvoconducto que necesito, ya lo tengo todo o eso creo.

A la media hora de estar allí disfrutando de mi esquinita de la mesa centenaria reconozco lo que es más importante en una biblioteca de esta ciudad: un buen par de tapones para los oídos porque, la principal diferencia entre este sitio y el mercado de abastos es que aquí sí hay libros.

Ahora comprendo por qué son tan baratos en las farmacias.

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