Zama

Zama. Antonio di Benedetto. Barcelona, Aleph, 2011

Lo inamovible

No he podido terminar Zama. No he sido capaz de finalizar esta novela que me había propuesto leer del tirón. En esto, sí, siento que he fracasado.

No he tenido paciencia para aguantar las palabradas de Diego Zama mientras esperaba (por años exasperantes) a que le notificasen su traslado a otra zona de la colonia de Sudamérica en que se encontraba. No, no lo he logrado.

Si además tengo en consideranción que ésta no es más que una breve novela contenida en una trilogía denominada “de la espera”, mi sensación de decepción conmigo misma tal vez aumente.

Lo considero. Me decepciona reconocer que me he rendido.

Antonio di Bendetto (Mendoza 1922 – Buenos Aires, 1986) creo que utiliza demasiadas palabras para mí. Me explico: que para construir sus frases echa mano de una cantidad de vocablos mayor de la que yo, en tanto que lectora de humilde comprensión, estoy dotada para asimilar.

Y me quedo coja con su desidia. Quiero agarrar el libro y estamparlo contra la pared, que como además es de gotelé me consta que podría destruirlo al primer impacto.

Diego Zama: no te soporto.

No aguanto las absurdas problemáticas existenciales del paisano dieciochesco al borde del río que eres, que duda de si meterse en la cama de una fulana o mejor aguantarse las ganas y pensar en su señora ausente. Evocar la civilización que también a él lo espera al otro lado del Océano:

“Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar a cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre”.

Y bueno: este fragmento mola, pero yo no puedo más así que te dejo Diego, te volveré a ver en la pantalla gracias a Lucrecia Martel, señora que me puso los pelos de punta con La ciénaga una vez y en quien deposito todas y cada una de las esperanzas que me quedan contigo.

Creo que sigues en el mismo sitio, tal vez ni te hayas movido.

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