La mano invisible

La mano invisible; Isaac Rosa. Seix Barral, Barcelona, 2011

Manos que no se ven, trabajadores que sienten

Digo yo que aunque nunca nos hayan presentado formalmente, Isaac Rosa me conoce. Pese a que ya son diez años los que llevo en esto de la vida laboral, no ha sido tiempo suficiente para darme cuenta de que este hombrecillo debía de estar agazapado en alguna esquina, oculto en los rincones que nadie descubre de aquellos sitios en los cuales he tenido el “gusto” y el “placer” de desarrollar mis actividades profesionales; ha estado observando, mirando cómo yo me ganaba mis eurillos para ir construyendo mi día a día adulto, conociendo mi forma de enfrentarme a los conflictos con compañeros y a desencuentros con clientes. Me preocupa no haber sido consciente de su presencia y especialmente, me desconcierta conocer a través de las páginas de su libro, que no sólo ha sido testigo de lo que yo hacía sino también de lo que pensaba.

Igual que los marcianitos de las películas de terror, el autor de La mano invisible se ha introducido en mi cerebro, tal vez aprovechando el orificio de mi oído y desde allí, ha tomado nota de todos los pensamientos que iban llegando. Miles de veces he barruntado yo esas mismas reflexiones; millones de ocasiones han sido aquellas en las que, para evitar enfrentarme a la quemazón de lo que es injusto, me dejaba yo llevar por paseos imaginarios igual que hacen los personajes de esta historia: limpiar urinarios, y fregar suelos acordándote de los familiares más allegados del cliente que pisa sobre mojado y que ni te mira a la cara para disculparse, escuchar con fingida paciencia los insultos de aquél al que he molestado con mi llamada telefónica, con mi obligación de importunarlo para rogarle unas breves y rápidas respuestas a un sencillo cuestionario, sostener sonrisas hasta tener agujetas, asentir comprensiva ante lo que es una petición absurda, un encargo imposible de conseguir pero que con diligencia le prometo al cliente, que no quede insatisfecho, que jamás piense que hay cosas que la súper empresa de turno no puede realizar.

Así que reconforta saberse tan bien asimilada. La empatía es de agradecer, sea cual sea la circunstancia en la que se produce y aunque en este caso, se trate de refrescarme la memoria con asuntos que no fueron precisamente agradables el día en que sucedieron, es bueno leerlos por alguien ajeno y que ahora comprendo que no lo era tanto.

He seguido los discursos de los trabajadores de este curioso tinglado que plantea La mano invisible, como si se tratase de mis propios compañeros, de aquellos a los que siempre parece que les va peor que una misma, porque los mismos problemas en boca de otros, hacen más daño y porque son las circunstancias personales de cada uno las que marcan y condicionan el ánimo de quien padece: el otro sufre más, el otro lo pasa peor y necesita contarlo pero aquí estoy yo para poner la oreja, siempre. Qué pena me da.
Que sepas Isaac que no te he visto, que has sido invisible para mí todos estos años pero que tus manos han producido una novela que me creo y que recomiendo.

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