La verdad sobre el caso Harry Quebert

La verdad sobre el caso Harry Quebert. Joël Dicker. Trad. Juan Carlos Durán Romero. Madrid: Alfaguara, 2013

Billar y carambola

Hace unos días que me pidieron un favor y accedí encantada, de hecho, me lo tomé como algo de lo que debía sentirme afortunada: me dieron la oportunidad de leer un libro que todavía no se había publicado.

Al poco de haber arrancado con la lectura del mismo, empecé a sentir los síntomas típicos del lector profesional, síntomas que tenía ya casi olvidados después de seis años sin ejercer el oficio: tedio, desinterés, incomprensión respecto al responsable del texto ¿por qué quiere contar esto? ¿a quién se lo está contando? Todo lo que pudiera haber en aquellas páginas era información que en absoluto despertaba mi curiosidad, así que sintiéndolo mucho, concluí que a mí no era a quien le hablaba, decidí que no era una buena historia y tan pancha fui a contárselo al autor, pura honestidad profesional.

Desde entonces, me he papado otras dos novelas que yo misma he escogido para pasar sendos fines de semana. La primera ya se la comenté a ustedes en anteriores entradas y la segunda, no es otra que la que ocupa el post que se tienen entre manos: el novelón de mayor éxito comercial en lengua francesa del año pasado, la mejor novela del 2013 según los lectores de El País y blablabla.

Estaré encantada de darles mi opinión al respecto, pero antes, déjenme que les hable del billar.

Uno agarra el taco, marca bien con tiza donde procede y sabe que no se trata sólo de golpear la bola: hay que saber darle en el punto exacto para que ésta se desplace en la dirección que queremos que lo haga. Tanto si nos apoyamos en una mesa de Snooker, como si lo hacemos sobre la típica de Pool americano (que en el fondo, son la misma) tendremos que pensar siempre en darle a las bolitas y dejar que se desparramen por el tapete verde para ir dándoles salida poco a poco, con astucia y buenas mañanas.
Con el francés es otra historia, ya saben: la Carambola se juega con tres bolas y ningún agujero; aquí lo que buscamos es la danza correcta de acuerdo con nuestros golpes. Pura estrategia coreográfica de impacto y destreza.

Después de La verdad sobre el caso Harry Quebert, siento que ha habido un reparto de golpes brutal a los más de veinte personajes que han estado rodando por el tapete de la historia. Todos cuentan algo y casi todos mienten en algún momento y especialmente, poco antes de llegar al desenlace y cuando ya sólo quedan tres ó cuatro bolas que colar por el agujero de marras. Aprovechar un final para deshacer un nudo que llevas atando durante más de seiscientas páginas, a priori, puede resultar decepcionante pero, tal y como lo cuenta aquí Dicker, tiene su gracia y a nosotros -cándidos lectores- nos la cuela.
La verdad sobre el caso Harry Quebert es billar facilón, del que jugábamos mi hermano y yo en chanclas y bañador, cuando éramos pequeños y pasábamos los veranos en un club de piscinas y bares con sala de juegos. Sin sofisticación ni lámparas bajas: al rebumbio.

Así que aunque digan de él que juega imitando a Philip Roth o a Nabokov (nada menos) puedo decirles desde esta pluma y con esta mano, que no son más que guiños intertextuales, propios de un protagonista escritor que habla con otro personaje también narrador de textos, en la idílica Nueva Inglaterra de los profesores y alumnos de carreras universitarias tituladas “Literatura”.

Lo del “ureliable narrator” no es novedad, al menos no desde que a Emily Brontë le dio por usar perspectivas de personajes que cuentan algo sin haber sido testigos de ello, que recuerdan acontecimientos vagamente o que los describen tal cual.

Creo que Joël Dicker ha querido contarle esta historia a mucha gente y lo ha conseguido. Puede que no sea interesante para todos pero de lo que no hay duda es de que nos la ha dado con queso… suizo, además.

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