El cielo de Lima

El cielo de Lima. Juan Gómez Bárcena. Madrid. Salto de página, 2014

La falsa casualidad

Se pregunta esta que escribe (a veces con pluma y a veces al teclado) qué curioso mecanismo en el cerebro de algunas personas lectoras ─más bien apasionadas y quizás demasiado ingenuas─ hará posible el despertar de la curiosidad sin límites por ciertos textos de otros. Digo textos, que no autores, ya saben: esa fascinación algo loca por lo que otro ha escrito, esa que conduce al que lo lee a la incondicional adoración de un determinado producto literario sin habérselo pensado demasiado. Esa intuición. Ese autoengaño. Esa mentira.

Y si aquí yo me lo pregunto es porque leo en la primera novela de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) que ese juego loco, a veces ha llegado también a los que escriben. Eso cuenta él, a partir de una anécdota real que llevó a Juan Ramón Jiménez a “enamorarse” de una lectora suya, sin haberla conocido y sólo a través de sus cartas. La tal Georgina Hübner en realidad no existía y las cartas las escribían dos muchachos peruanos con ganas de risas y de ejemplares firmados por el escritor.

Qué poca vergüenza.

Una enigmática voz omnisciente se sienta en la butaca de la metaficción y desde ahí, cuenta la historia. El cielo de Lima sorprende, pero también, quizás, incomoda. No facilita la lectura que un señor demiurgo narre sobre lo que está sucediendo en 1904, entre Lima y Madrid y en tiempo verbal presente, pero así sucede en las páginas de esta novela tan detallista, tan cuidada y tan poco sencilla, digo.

¿Cómo es posible que Juan Ramón Jiménez ceda ante un tinglado semejante? Él, que treinta años después iba a hacer perder el seso a una de sus alumnas, de pura frustración ante su grandeza y al parecer, sus encantos de seducción.

Eso plantea El cielo de Lima: los peligros de la ficción escrita y los límites de la idealización de quien se esconde tras ella, pero no sólo eso.

La novela recrea el choque de clases sociales y la tensión previa al estallido de la Primera Guerra Mundial, muestra a prostitutas y señoritos, borrachos y aristócratas; tira del hilo de una amistad algo forzada entre dos personajes y los coloca cada uno en su contexto, con sus miserias y sus conflictos personales, mucho más allá del juego de la escritura y sus venenos. En el fondo, puede que la historia no fuera ésa, que fuera sólo la excusa.

Qué sabe una.

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