Blue Jasmine

Blue Jasmine. Woody Allen, 2013

A Streetcar named Jasmine

La televisión estaba encendida y anunciaba la próxima emisión del clásico de Elia Kazan, sobre una loca de la colina que visita con aires de grandeza a la pareja de casados, padres y residentes en Nueva Orleans formada por su hermana choni y el macho de su cuñado. Cegada por el rostro de Vivien Leigh y por la fotografía en blanco y negro, yo grité “¡Mamá, mira: ponen una de las que nos gustan!”. Entonces mi tío Vicente dijo algo así como: “Esa película no es para ti. Puedes verla si quieres, pero no es para ti” y yo callé obediente.

Creo que pasaron unos diez años hasta que me armé de valor para ver Un tranvía llamado deseo con la certeza de ser lo suficientemente adulta como para considerarla “para mí” y en cualquier caso, lo fuera o no, me costó comprenderla.

Así que este año, ilusionada ante la llegada de una nueva pieza de Woody Allen a las pantallas, algún medio me regala el rumor de tratarse además, de un argumento inspirado en esa triste historia de una dama que lo ha perdido todo, se ha entregado a la bebida y ya no es capaz de distinguir el recuerdo de la vida presente.

Por supuesto, decir que Blue Jasmine es a Un tranvía llamado deseo lo que El sueño de Casandra a Los hermanos Karamazov o Match Point a Crimen y castigo es contar poco y hablar mucho.

Del mismo modo, quedarse con el dato de que Woody Allen ha querido narrar a su manera el proceso psicológico vivido por la esposa de Bernard Madoff, al enterarse de que su marido había cometido él solito el mayor fraude financiero de la Historia, no es suficiente.

Blue Jasmine tiene algo más.

Si en una historia hay chicas con capucha roja y lobos feroces, pero nadie quiere zamparse a nadie, no podemos constatar que se trate del cuento de Caperucita roja… no sé si me siguen: que la tremenda intensidad del drama de Tennessee Williams radica en esa fuerza de la naturaleza de camiseta sudorosa a quien encarna Marlon Brando, en el contraste que existe entre él y su cuñada Blanche y en la atracción rival que entre ambos se desata a golpe de diálogo.

Nada de eso hay en Blue Jasmine. Hay algo más. Tal vez sea la tragedia en primera persona de una víctima del capitalismo, que no se aleja tanto de Emma Bovary. Jasmine French en el cuerpo de Cate Blanchett, sufriendo por no saber cómo renunciar al lujo y al derroche, incapaz de llevar una vida humilde y añorando siempre un estado de su persona (física y también divina) muy por encima del de la media.

O tal vez sea la broma, el chiste de ver cómo se hunden los que nunca fueron conscientes de que había que saber nadar para salir a flote.

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