Sleeping Beauty

Sleeping Beauty (Julia Leigh, 2011)

Morir, dormir, soñar

Lo inquietante de esta película australiana, que en el año 2011 pasó sin llevarse nada por el cartel de competición en el Festival de Cine de Cannes, es que nos la pueden intentar contar sin que lleguemos a verla y no sabrán qué decirnos.

Les sucede a algunas: a veces una película hay que verla únicamente porque no tiene mayor peso más allá del tiempo que dura su visionado. Se ve y se borra, o no deja en el recuerdo de quien la ha visto más posos que un café de cápsula.

Sin embargo, Sleeping Beauty no me parece un caso vacío, ni una historia inane. Creo que se trata de un relato inquietante, de esos que tanto si se investigan y exprimen o si se tragan sin masticar, van a llevarnos al mismo tipo de conclusiones.

Ella se vende, se deja comprar y utilizar en diversos contextos pero desconocemos cuales son sus deseos. La protagonista de la cinta presta su garganta para prácticas endoscópicas de estudiantes de medicina, acompaña a hombres y mujeres que la reclaman y por voluntad propia, vemos que cuida a aquél que más la necesita.

Se ofrece a ser exhibida, primero como camarera en una cena que recuerda de lejos a los 120 días de Sodoma y después como “bella durmiente”. Duerme e ignora lo que sucede mientras tanto y sólo cuando concluye la película entendemos que esa falta de conocimiento es lo mejor que puede pasarle.

Decía que Sleeping Beauty puede analizarse o verse sin más, que se alcanza siempre el mismo tipo de conclusión. Si pensamos en el cuento de Charles Perrault o en el de los hermanos Grimm, si hacemos un esfuerzo enorme por apartar de la memoria los dibujitos fatuos con que Disney maldijo a tantas generaciones de niños engañados, comprenderemos que la historia toma la forma de una advertencia para las niñas a las cuales se dirige -ten cuidado cuando te desarrolles, cuando te pinches y sangres, cuando comiences a ser tentadora porque si no te protegemos y rodeamos de espinos, vendrán a por ti- podrían estar diciendo los padres a sus hijas -un noble caballero, un príncipe valiente y (cómo no) apuesto, habrá de demostrar su valía matando al dragón y talando zarzas con su espada hasta llegar a ti. Una vez franqueados los obstáculos y no sin esfuerzo, él te “despertará” de tu sueño y sólo entonces podrá llevarte con él- para siempre, además.

Aquel mensaje, más propio de una mentalidad machista que del mundo contemporáneo en que desearíamos estar viviendo todos, se pasa con esta película por el filtro de la mujer moderna, de modo que sin padres ni príncipes, esta bella que vive entre espinos, se duerme por voluntad propia y elige despertar cuando ella quiere, con todas sus consecuencias.

En el misterio de saber por qué lo hace, qué la anima a abrir los ojos y tomar consciencia de la realidad, nace lo siniestro del cuento y a mí, me vale.

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