Belle de Jour

Belle de Jour; Luís Buñuel 1967

Bella en la memoria

Hay ocasiones en las que una película, además de recordarse por su valor artístico, da ganas de ser descubierta por los motivos que le ayudaron a triunfar, en mayor o menor medida, sobre el público del momento de su estreno.

A veces, un director es por sí solo lo suficientemente polémico como para confeccionar una pieza cinematográfica que perdure a través de los años gracias a la fama que él le confiere. Luis Buñuel podría ser uno de ellos.

Pero además, hay ocasiones en que una película se protagoniza por un determinado actor o una determinada actriz que independientemente de la calidad de su trabajo, van a captar el interés del espectador, van a servir como reclamo y a largo plazo, van a ayudar a que esa película sea recordada generación tras generación. Catherine Deneuve en Belle de Jour (1967) no es una excepción, pero en cualquier caso, sirve para confirmar la regla.

En 1965 Roman Polanski colocó a la jovencísima actriz francesa ante la cámara para interpretar a una mujer con problemas graves, en una ciudad extranjera y ante una sociedad tan asfixiante como los mecanismos “caseros” de la chica para evadirse de ella; la señorita Deneuve asomaba hermosa en cada plano del film: aunque perturbada en el ejercicio de sus capacidades mentales, y bastante violenta con los hombres que osaban invadir su apartamento (a quienes asesinaba sin remordimiento alguno) la belle Catherine lucía palmito bajo un insinuante camisón, infantil y transparente. Polanski sacó todo el provecho posible a semejante puesta en escena y ello le sirvió para saltar al mercado hollywoodiense. Más tarde vendría Buñuel con sus ansias surrealistas, y allí estaría ella para echarle un cable.

Belle de Jour propuso satisfacer la curiosidad morbosa de aquellos/as que se quedaron a medias con Repulsion, y no defraudó. La esquizofrénica Carol, se convertiría en Severine, una glamurosa dama de la alta sociedad parisina que desata como prostituta “de día”, los instintos que su esposo no es capaz de desatarle durante la noche.

Aunque inspirada en la novela homónima de Joseph Kessel, al parecer, Buñuel aceptó dirigirla bajo la condición de que se le permitiera absoluta libertad en su adaptación. Ni que decir tiene que sus deseos fueron órdenes cumplidas.

Además de todo ello, resulta que esta película plantea conflictos internos en la protagonista y no los resuelve abiertamente, por lo que gana en profundidad interpretativa de la historia: no están definidos los límites entre la realidad burguesa y los sueños escabrosos de Catherine; no es claro el desenlace, que abandona a los personajes en medio de la naturaleza, a la que sin embargo se asoman desde el balcón de un edificio del centro de París; no se sabe a ciencia cierta si la protagonista desea realmente que le suceda aquello con lo que fantasea, o si todo ello no son más que temores derivados de lo que, precisamente, nunca le sucede… la ambigüedad servida en bandeja de plata y envuelta en un halo de glamour tan sólo posible gracias a la presencia gélida de la reina de las nieves, Catherine Deneuve.

Belle de Jour será recordada, precisamente por ese sello personal que el ecléctico Buñuel imprimó en cada uno de sus trabajos como director, y por las imágenes de Catherine, quien resiste bella en la memoria del espectador a pesar del paso del tiempo.

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