The Shop Around the Corner

The Shop Around the Corner. Ernst Lubitsch; 1940

Love, happiness (y otros desórdenes navideños)

Hablar del nacimiento de una relación amorosa en período navideño, poniendo como telón de fondo un pequeño comercio de Budapest, podría ser algo sencillo para funcionar como argumento de una película, pero se trata de Ernst Lubitsch; sus auténticas intenciones y compromisos como cineasta seguían otros derroteros.
The Shop Around the Corner, recorre ante el espectador el camino que viven unos personajes contratados como dependientes en la tienda de un húngaro uraño y que ceden sus rostros a los de James Steward y Margaret Sullavan; que se enamoran el uno de la otra pese a sus diferencias y gracias a la falta de sinceridad del uno hacia la otra (y viceversa).

Lubitsch demuestra no creer en el amor ni en el espíritu navideño en absoluto: la infidelidad que sufre el jefe por parte de su esposa hace que Alfred Kralik pierda su empleo por ser el principal sospechoso; asimismo, las Navidades transforman el oficio de dependiente en una carrera de obstáculos hacia la meta de un arqueo de caja lleno de números y ceros. Ni el propio Dickens lo habría descrito mejor.

Y Alfred ama a Klara. Y Klara ama a Alfred… sin embargo no pueden ni verse: únicamente anhelan una correspondencia anónima con ellos mismos, pero no se reconocen e identifican hasta el final. Para cuando esto ocurre, el espectador ya sabe que Alfred ha jugado con Klara para obligarla a reconocer que es una chica materialista, enamorada de un arquetipo que ella misma ha creado, por todo ello, nada mejor que mostrarle las pantorrillas: es lo que ella desea ¡y que viva el amor sincero y verdadero! Aquel que se ajusta a los esquemas que uno busca y no a la inversa.

Para aquellos que a pesar de los esfuerzos de quien esto suscribe por mostrar una interpretación desencantada del film, aun tengan dudas y lo sientan romántico o apto para mentes amantes de las Felices Navidades, acéptese la propuesta de contrastarlo con la obra de un contemporáneo como Frank Capra, o el almibarado remake de Nora Ephron You’ve Got Mail (1998).

Vengamos al caso de You Can’t Take It With You (1938); una vez más, Capra se recrea con esta película en las excelencias del ser humano y en la necesidad de ser positivos, buenos y suficientemente beatos para alcanzar la felicidad en este mundo de males amenazantes; que cada uno haga lo que le satisfaga y todo irá bien (“como en un mundo imaginado por Walt Disney” que señala acertadamente uno de los personajes en un momento de la historia). Si por algo llama la atención este film en comparación con la obra de Lubitsch es por su positividad, diametralmente opuesta a la actitud que subyace a lo largo de esta última.

Nora Ephron se armó de valor, por su parte, para agarrar el argumento teatral que sirvió de cimiento a la película de Lubitsch y lanzarse al rodaje de su propia versión, embalada para regalo y con tarjeta de destinatario en letras rosas: mujeres ñoñas, encefalogramas voluntariamente planos; ya se sabe, así somos, sin más… allí donde Lubitsch sugería las decepciones del enamoramiento, que no es más que un juego de ilusiones y sueños que los amantes no quieren reconocer como auténticamente falsos, Ephron enmarcaba comercialmente (gracias al trabajo incuestionablemente valioso y esforzado de dos de los grandes en el género blockbuster, como Meg Ryan y Tom Hanks…) todos y cada uno de estos guiños, convirtiéndolos en topicazos bobos, al ritmo de una banda sonora suficientemente comercial para la época.

A este lado de la lectura del “toque Lubitsch” no hay más que añadir.

 

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