The Fighter

The Fighter; David O. Russell; 2010

En el ojo del tigre

El oficio de la supervivencia viene siendo un tema habitual en el cine de hoy y de siempre: la constante de la superación, tiende a reflejarse en las películas, ya sea recurriendo a una metáfora sugerente o directamente, a través de una historia de alguien que las pasa canutas para salir adelante pero que en definitiva (gracias a su denodado y ejemplar esfuerzo esforzado) llega no sólo a donde le permiten las circunstancias, sino a la meta que él mismo se ha fijado, porque es posible y porque hay ejemplos que uno debe aprender a imitar siempre.

Con The Fighter, aunque uno sabe de antemano que lo que va a encontrarse no va a ser nada nuevo, lo disfruta y lo valora como algo bien hecho, casi sin esfuerzo.

A estas alturas de la película, la idea de un biopic quizás pueda aburrir con toda lógica a unos cuantos. Lo mismo sucede con el asunto del boxeador desgraciado, que a base de fostiarse contra todo a lo largo de su lamentable vida, acaba percibiendo la realidad desde un punto de vista ligeramente desviado: sus aspiraciones se limitan a tumbar con gloria al adversario y entrenarse a fondo para ello, sirviendo como ejemplo de muy admirable tenacidad al conmovido espectador.

Pero Rocky Balboa pertenece al pasado, mientras que historias como The Fighter han de ubicarse en el presente. La película de O. Russell pasa de puntillas por la casilla del cine de autor, tonteando con algún plano subjetivo y efecto personal de montaje, para asentarse definitivamente en el espacio del film “sorpresa del año”.

Así que sí: The Fighter despista y acaba convenciendo.

Puede que la causa sean los ojos de Christian Bale, un actor que ya sabemos lo poco que le cuesta ponerse a perder kilos y volver a recuperarlos allá donde lo determinen las demandas del guión; y es que la mirada de su personaje, el trasnochado boxeador drogodependiente Dicky Eklund, persigue al espectador para que no se olvide de que lo que está viendo es madera de oscar.

O puede que el motivo sea ese ritmo tan atlético que permite avanzar a la trama gracias a su banda sonora y sus saltos genéricos (de la comedia al drama y del rancio biopic a la comedia otra vez), un ritmo parecido a las técnicas que Dicky pone en práctica con su hermano cuando éste está a punto de caer desmayado en el ring, justo antes del último asalto: hacerlo saltar, para que la energía de su cuerpo se redistribuya en vez de dejarle que se siente, lo cual podría colapsarlo.

Sea como fuere, el resultado es una película que al conocido asunto de la lucha por la realización personal, suma otros aspectos como la intromisión de la familia en las expectativas vitales de cada uno y la aceptación del fracaso, por citar algunos, y bien merece un pase, aunque sólo sea por seguir con la tradición.

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