La red social

La red social (The Social Network) David Fincher, 2010

Creepy

Mucha gracia me hacen los comentarios que su Ilustrísima, el señor Carlos Boyero, lanza a la opinión pública desde el púlpito de EL PAÍS, en su publicación para internet, diciendo que no tiene “ni puta idea” de lo que habla la última película de David Fincher, porque no sabe lo que es Facebook. Me hace mucha gracia, porque sin embargo asegura que le ha gustado el retrato cinematográfico que se ha hecho de los problemas que derivaron de su aparición, por parte de creadores, usurpadores y aprovechados.
A mí también me ha gustado y además, creo que sí que tengo idea de lo que habla.
La red social me ha provocado escalofríos: todo lo que cuenta, sea cierto o no, es más que aproximado al mundo en que vivimos y a la sociedad que hemos desarrollado, o al menos tiene toda la pinta de ser así en el universo norteamericano de los Campus Universitarios del que durante tantos años se nos ha obligado a ser espectadores a los habitantes del mundo europeo, con sus series de televisión, sus telefilms y sus miles de películas clónicas sobre el “chico-conoce-chica”, el premio al más popular en el baile de graduación, los pijos de 90210… da miedo.

Allí donde la oscarizada Amadeus de Milos Forman (1984) proponía un protagonista genial y virtuoso, condenado por su propia actitud a estar marginado de la sociedad, precisamente debido a su excepcionalidad, aquí se coloca a un chaval espabilado, que sabe mucho más que cualquiera de sus compañeros de carrera, que tiene muchas más dificultades que cualquiera de ellos para mantener siquiera una conversación cara a cara con otro ser humano (sea macho o hembra) sin hacer que éste se sienta agotado, diminuto e intelectualmente insignificante a su lado; un personaje que sabe, igual que Mozart, que si quiere, puede hacer mucho más que cualquiera, aunque valiéndose de actividades bien distintas de las del virtuoso músico austriaco.

Amadeus estaba contada desde el punto de vista de uno de los más rendidos admiradores del protagonista y, sin duda, su máximo rival, el también compositor Salieri; es por esto que la historia estaba envuelta en un halo de misterio que llegaba a convencer al espectador de todas y cada una de las declaraciones de un narrador en absoluto digno de confianza.

Por el contrario, The Social Network está contada por una cámara que sigue a Mark Zuckerberg en su periplo desde que se le ocurre la idea de fastidiar a su ex-novia aireando intimidades en internet, hasta que comparece ante tres tribunales distintos, acusado de diferentes y sin embargo parecidos “delitos” mediáticos. No es él quien habla de sus experiencias, somos nosotros los que asistimos a ellas y nadie entre medias para dar su versión. O eso parece.

Da miedo tragarse una película como esta y disfrutar tanto con ella, sabiendo que se trata de un tiempo nada lejano (otoño de 2003) y de un contexto cultural no tan ajeno como podría uno pensar (vida universitaria en los Estados Unidos). A diferencia de Boyero, gracias a mis experiencias en el manejo de redes sociales, puedo asegurar que The Social Network transmite entusiasmo y desengaño a quien la ve, en la misma compensada proporción que lo hace Facebook a sus usuarios, en algún momento de su relación con ella. Quien no haya cancelado alguna vez su cuenta para luego volver a activarla, o al menos sentir ganas de hacerlo, que tire la primera piedra.

Descubrimos a Mark y nos sorprendemos y asustamos con su actitud ante la vida, con su reacción ante las grandes verdades que le suelta la más lúcida de sus interlocutoras, con sus capacidades y sus osadías, con sus enemigos, con su “amigo”, con las mujeres de cerebro de porexpán que pueblan el Campus y las hermandades, a la caza de un macho con dinero al que meter en en la cama, sin dejar de estar tan buenas como las modelos de Victoria’ Secret, con la competición de remo (brillante y sobrecogedora reinterpretación de Peer Gynt para dar sonido a la lucha por la victoria de hombretones fornidos sobre unas barquitas) con Justin Timberlake haciendo de capullo tan convincentemente.

Y una siente que hay ciertas cosas que avanzan inevitablemente y no se pueden cambiar.

El tráiler no engañaba.

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