Máscaras

Máscaras; Esteve Riambau y Elisabet Cabeza; 2009.

En honor a la realidad

Los que saben, me han dicho que es verdad, que la combinación no falla nunca: Se juntan el blanco, el negro y el rojo, se mueven bien por un espacio determinado hasta que cada uno reconozca cual es el lugar que le corresponde y ya está: la imagen funciona.

El largometraje Máscaras, que vio la luz el pasado año en el Festival de cine de San Sebastián y que tímidamente llegó a algunas pantallas españolas, se lanza ahora al mercado del dvd y demuestra que si bien esos tres colores son la combinación más adecuada para acomodar el ojo de un espectador ante aquello que se disponga a ver, la elección de Josep María Pou para comunicar de qué hablamos cuando hablamos del oficio de la interpretación es igualmente acertada. Uno nota cómo se le encoge el tono de voz cuando oye a este hombre pronunciar lo que sea, deja que su presencia lo envuelva y lo guie por los recovecos del terreno escénico y así, casi sin darse cuenta, empieza a entender algo de lo que el teatro significa.

Existe un camino cuya función es la de separar lo que viene siendo cine de ficción de aquello que se denomina cine documental; el último trabajo de Elisabet Cabeza y Esteve Riambau habrá que ubicarlo en medio de ese trayecto, porque se alimenta de ambos cines, sin definirse como ninguno completamente; porque los rojos de las butacas y los cortinajes, los negros de las bambalinas, la tarima o el fondo del escenario, y los blancos de las luces que señalan al actor cuando irrumpe ante su público, dan forma a una historia que es la de Josep María Pou, interpretando a un intérprete que se llama como él y que explica cómo se hace su trabajo.

Sin caer en el pozo sin fondo que supone el formato making-of, en el cual nada se reserva para el espectador activo, sino que todo se mastica y proyecta para que la curiosidad absurda sea satisfecha, Máscaras pone las piezas con las que se construye el teatro y dispone de ellas para que se pueda comprender, pero quien está viendo no sabe en ningún momento hasta dónde llega la sinceridad de la cámara, o en qué momento el intérprete que parece estar abriéndose en canal para que se sepa cómo actúa, no hace más que interpretar con automática profesionalidad, otro papel de tantos.

Realmente: bravo.

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