Marie Antoinette

Marie Antoinette.  Sofia Coppola; 2006

Glasa real

¿Guillotinamos a Sofia Coppola? Porque al contrario que ella, muchos directores carecen del privilegio de dirigir aquello que realmente les apetece. Debe de ser difícil. Contar con el respaldo necesario y que se pueda hacer algo que cuesta dinero, sin trabas y sin esfuerzos de convicción a nadie no es moco de pavo. Tampoco es justo. Un producto a la venta que no mola, nadie lo va a querer comprar. Tener la certeza de que se va a vender, es fundamental para que una maldita película se realice. Por eso las firmas nacionales de ropa interior para jovencitas en su momento y ante el inminente estreno del film, fueron recuperando los encajes, los rasos y los barrocos estampados de florecillas “tan femeninos ellos”, por si acaso.

¿Culpamos entonces hasta la extenuación a la hija de uno de los más grandes por tener la suerte de permitirse caprichos que a pocos colegas les serían igualmente concedidos? Quizás no debamos hacerlo, es más: quizás deberíamos pararnos a considerar aquello que la señorita Coppola está intentando contarnos con Marie Antoinette, la última de sus tres personales, etéreas y caprichosas creaciones cinematográficas. Que no se diga que los críticos de cine son todos unos envidiosos, hombre.

Desde su estreno, esta hermosa recreación de la frivolidad dieciochesca se ha convertido en blanco de los cuchillos más afilados de cierto sector de la crítica, de aquellos que ven en ella una simple pintura de personajes tan cool como imbéciles, tan poco atractivos como incomprensibles pero ¿por qué? A estas alturas todos sabemos que no se intenta dar una lección de historia a nadie con esos 90 minutos de metraje, que lo único que se pretende con ellos es mostrar cosas bonitas, chicas guapas, pasteles dulces y zapatitos de Manolo Blahnik. Puede que la austriaca reina de Francia fuera tan rubia y sonriente como Kirsten Dunst, o puede que no; a nadie le interesa si efectivamente el pueblo hambriento y cabreado irrumpió en el palacio y los reyes sencillamente se tomaron de la mano con elegancia, mientras estaban sentados a la mesa (quizás se mearan encima).
Marie Antoinette es lo que promete, ni más ni menos. En esta ocasión no se pretenden empatías delirantes con una protagonista pluscuamperfecta, como ocurría en Lost in translation, por cierto que aquel era un auténtico canto a la bohemia y las ansias de incomprensión por el vulgo ignorante en el día a día cotidiano que todos llevamos alguna vez desde nuestra suite, en el centro de Tokio. Divinas palabras las de la crítica entonces…

La atmósfera podrida en el aire rancio de Las vírgenes suicidas, desconcertante, fascinante y sinuosa, que fue transformada en oxígeno de diseño para encapsularse gélidamente en la pretenciosa Lost in translation, toma ahora la forma de un embriagador aroma a rosas y polvos de talco, de los que sirven nada menos que para suavizar el orificio anal de un dulce bebé, o blanquear una peluca.

A Sofia Coppola le gusta hablar, más que de mujeres, de lo femenino aislado del mundo, por el motivo que sea (la represión paterna, el matrimonio erróneo y la sociedad rebelde en cada uno de los tres films, respectivamente) un mundo que, además, es incómodo, feo y sin clase: lo opuesto a sus chicas protagonistas.

De modo que mejor que guillotinarla, vamos a dejar que la realizadora siga haciendo cositas nuevas, que explore otros caminos o continúe madurando los ya trillados, pues puede permitirse el lujo de hacerlo. Y si le da por utilizar de nuevo, con su característico estilo alternativo una banda sonora modernilla y ligeramente indie ¡pues que lo haga! Sus tres películas acuden al mismo recurso y les va muy bien, la verdad. Mejor no acudir en masa al ataque de éste, su más reciente cachito de cine: a lo mejor se hace pis encima.

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