Bright Star

Bright Star. Jane Campion, 2009

Falling in a picture

Porque sí: porque es un retrato muy bonito y no aspira a satisfacer a su público de ningún otro modo que como de hecho lo hace. Acostumbrados a un tipo de cine que es obligadamente hermoso, desde que El piano viera la luz en los ya remotos años 1993, los seguidores de Jane Campion conectan al primer plano con esta nueva muestra de su repertorio: la directora neozelandesa, saca de su armario para esta ocasión un conjunto de imágenes que parecen bordadas a base de vainicas y pespuntes precisos, tal y como le gustan ella, tal y como nos gustan a nosotros.

A veces duele que un trabajo para la gran pantalla haga uso y abuso de lo visual, camuflando con ello la falta de recursos creativos de otra especie (guiones pobres o actores invisibles, habitualmente) pero aquí sin embargo, los decorados, vestimentas, peinados, paisajes y demás filigranas tan delicadamente recreados para la historia, se vuelven no sólo pertinentes sino fundamentales para la correcta comprensión y mejor aprovechamiento de la misma.

Las insatisfacciones y agonías del joven John Keats por tratar de ganarse la vida como poeta y no conseguirlo, hilvanan la trama de lo que viene siendo un típico argumento romántico, que tampoco necesita más para salir a flote: una suave modistilla se enamora de su vecino, un escritor de versos sin más oficio ni beneficio que ser artista y no hallar comprensión en este mundo hostil. No es lo importante: repárese sin embargo en los boscajes y ramajes del jardín, las ondulantes cortinas que tímidamente tornean los rayos de sol para filtrar su colorido al interior de la casa, los paseos bordeando el río, los juegos de los niños tendidos sobre la hierba, sobre las flores, entre mariposas… así es como el paisaje, en definitiva, acompaña los sentimientos de los personajes, sin apartarse en ningún momento de la emoción correspondiente; como una suerte de camaleón de comportamiento invertido, la película se va tiñendo con los colores que más claramente conectan con el odio, la inocencia, la vergüenza, el dolor y (cómo no) el amor, hasta reventar en un ejercicio suicida igual que lo haría el animalillo si es expuesto a un entorno de cromatismos demasiado luminosos.

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