Le Notti Bianche

Le Notti Bianche. Luchino Visconti, 1957

Lo que (no) se siente, lo que (no) se cuenta

Hay ocasiones en que para describir algo con sinceridad, la mejor manera que uno encuentra para hacerlo es acudiendo paradójicamente a su opuesto, o a aquello que deriva de su ausencia.

La película de Luchino Visconti Le Notti Bianche habla claramente de algo que sin duda, no aparece representado en sus fotogramas: el amor sincero y honesto, inexplicable, suicida, diríase que hasta kamikaze, consciente de su falta de lógica pero incontrolable, amor repentino… amor, en definitiva, de ese que es mejor no hablar por si alguien lo identifica y no puede hacer otra cosa que sufrir al recordarlo.

No parece un caso aislado en la filmografía del director italiano, a través de la cual se dejan ver numerosas adaptaciones de textos literarios (en este caso, un relato de Fedor Dostoievski) e historias de amargura, decadencia, impotencia o dolor. Se aprende con sus películas, que es el cincel del dolor la mejor herramienta para escarbar en las heridas del espectador y tocar allí donde sólo llegan los afilados filos del arte mismo, de lo bello y de lo sublime. Desgracias ajenas, presentadas como vidas de unos personajes que viven en la pantalla pero que se reflejan fuera de ella, en el lugar en que viven sus espectadores.

Le Notti Bianche cuenta su historia a través de aquello que niega: niega una relación sentimental presente, narrando los recuerdos de otra más ensoñada que realmente vivida en el pasado; la sucesión de circunstancias ya ocurridas y engrandecidas mediante su descripción, no eclipsa porque es de hecho inevitable, al encadenamiento de vivencias presentes entre sus personajes protagonistas: una que cuenta y el otro que escucha, mientras se aguarda la llegada de quien fue leyenda y se ha convertido en fantasma.

Hay una secuencia extraordinaria en esta película tan poco ordinaria, que a pesar de su aparente falta de coherencia respecto al conjunto, puede que esconda más significado del que a simple vista se percibe. Se trata del famoso Rock & Roll improvisado entre Mastroianni y Schell: un absurdo que ridiculiza a los dos personajes, pero que también los llena de vida y libera de sus disfraces; en el momento en que él quiere hablarle a ella de su vida, son interrumpidos por los bailarines y empujados al desenfreno danzarín; cada uno por su lado y cada uno a su manera, divertidos pero distantes, aunque pretendan unirse e incluso crean que pueden hacerlo: de este modo, la escena más divertida se ve arrastrada hasta el punto crítico y más dramático del metraje. Como la vida misma.

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