La llamada. Un retrato. Leila Guerriero. Barcelona: Anagrama, 2024
Ya pasó. Ya fue
En la última exposición que visitamos Fran y yo tuvimos la suerte de ir acompañados por dos artistas, amigos terriblemente talentosos que completaron con sus observaciones aquellos aspectos menos evidentes a nuestra mirada ignorante. Nos hablaron de la importancia de preparar bien el lienzo sobre el cual el artista trabajará luego, no sólo de los productos con los cuales se impregna, capas de determinado color o textura que devuelvan luego cierta luz al acabado final del cuadro, sino también la necesidad de tensar correctamente la tela en el bastidor y de no errar en la elección del pigmento que, a veces, en otros tiempos, no se sabía que al envejecer podría deteriorarse pasando del rosa al verde (motivo por el cual algunos retratos en esa exposición parecían sacados directamente de la película Shrek).
Es importante preparar y elegir con sabiduría.
Eso mismo tiene claro Leila Guerriero (Junin, Argentina, 1967) cuando se dispone a trabajar en un texto, estoy segura.
La llamada. Un retrato comenzó a fraguarse durante el final del confinamiento por la pandemia de COVID-19 y se alargó durante los dos años siguientes, en lo que fueron meses de lecturas y entrevistas, transcripciones de dichas entrevistas y organización del material resultante que llevaron a la autora a construir una obra excepcional sobre un episodio histórico que no debe olvidarse pero que, como sucede con todos los que son terribles, una vez pasados queremos enterrar.
La dictadura de Rafael Videla (1976-81) supone un recuerdo sangriento y cruel para la historia de Argentina; miles de victimas fueron silenciadas para siempre con su desaparición, pero no así sus familias y tampoco los supervivientes, los que regresaron del infierno para contarlo. Es el caso de Silvia Labayru (Buenos Aires, Argentina, 1956) protagonista y principal interlocutora del libro de Leila Guerriero, vórtice que atrae hacia sí todos los relatos de cada entrevista con las personas cercanas a su vida, su experiencia, su pasado y su presente.
Para La llamada. Un retrato la autora ha explicado que, en un intento de respetar profundamente a su figura principal, elige conducirse por el rigor y no por la obsesión, completando un trabajo que merece el esfuerzo, las lecturas y las horas de entrevistas condensadas en miles de páginas transcritas sin ofrecer al lector una mirada sobre Silvia Labayru que no sea la que ella da sobre sí misma.
Y yo soy tan estúpida, tan pretenciosamente «escritora» entre comillas que leo este libro y, en cuanto me topo por primera vez con ese magnífico recurso de su autora consistente en repetir un párrafo con suaves variaciones de palabras, cadencia sutil de cambios intercalados en la narración, pensar «vaya, aquí se les ha colado un error» y creer que soy más lista que nadie y más observadora que el equipo de edición de Anagrama, hasta que sigo, avanzo y tropiezo de nuevo, tropiezo tres veces, tropiezo hasta en ocho ocasiones, cada una la marco con un post-it y luego me rindo porque La llamada. Un retrato, que es denuncia de la memoria voluble y caprichosa me fuerza a desconfiar de mis recuerdos, me aplasta en ellos y me gana.
Silvia Labayru sufrió torturas y violaciones, parió en cautiverio sobre una mesa, todo durante su secuestro pero tras la liberación fue repudiada por su círculo de confianza que sospecharon y juzgaron sus circunstancias «¿qué hizo para que la liberaran?». Aun así, La llamada. Un retrato no se compadece de su figura y el lector, que la ve con los ojos de Leila Guerriero, la conoce a través de las historias de todos los demás y de la suya propia, en un contexto extremadamente cauto, aderezado con mascarillas deshechables, gel de hidroalcohol, restricciones de movilidad internacional y toques de queda a partir de las 19:30 de la tarde.
Todo bien preparado, excelentemente seleccionado, con sabiduría para comprenderse y sobre todo, para no olvidarse.

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