Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones. Lucrecia Martel. Buenos Aires: Caja Negra, 2025
Si suena, cuéntalo
El eclipse llega a mi vida: asisto a un curso virtual sobre el manejo de la Inteligencia Artificial generativa en el entorno laboral y leo el libro de de Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966). Ambas actividades se suceden y comparten espacio y tiempo, se solapan y una de ellas, la que me arrastra al abismo y la incertidumbre más oscura, se salva gracias a la otra.
Un destino común nos permite leer a Lucrecia y tomar notas de lo que piensa porque en este texto se recogen algunas de sus charlas y sus conferencias, todas interesantes aunque en ellas se repitan los temas, las obsesiones y las advertencias. Todas merecen la pena.
Digo que este libro a mí me ha salvado de enloquecer con un curso al que me he inscrito obligada por diversas responsabilidades que no viene al caso que aclare aquí, pero a las cuales me debo y las cuales cumplo. Yo no quiero preguntarle nada a una máquina: me perturba y me atonta, me abruma con su desmesura y no entiendo cómo he de hacer para domesticarla, «entrenarla» como dicen los que creen que saben (en realidad nadie sabe). He de hacerlo porque son prácticas del curso en cuestión aunque, si pudiera, yo preferiría preguntarle a Lucrecia.
Le diría «Lucrecia, actúa como una cineasta magistral y cuéntame cuál es el elemento más interesante para ti de todos los que conforman el cine. Te doy ejemplos: la imagen y el sonido. Puedes usar como fuente cualquiera de tus películas, sobre todo La ciénaga y no inventes, gracias». Así me han dicho que debe hacerse, acotando y con educación.
Si la máquina fuera Lucrecia, ahora que he terminado el libro, sé que me diría que el sonido es, sin duda, el elemento determinante, un aspecto que se cita en varias ocasiones, «una vibración que se transmite a través de un medio elástico y que atraviesa todo lo que se oponga en su camino», que ella utiliza de forma genuina en sus películas para «armar el relato.
No voy a hacer la prueba. Sé que la IA no va a contarme lo que Lucrecia cuenta en estas páginas porque, como ella dice, no va a ser un diálogo entre la máquina y yo sino entre mí misma y los intereses de aquellos a quienes he cedido mis datos, conscientemente o no.
En Un destino común hay menciones reiteradas al rodaje del más reciente documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra, a las dificultades en la búsqueda de testimonios, de voces de indígenas tantas veces, deliberadamente, escondidas por otros. Hay un empeño particular por parte de la cineasta en inculcar a los estudiantes de cine (y también a los espectadores, en general) que lo más importante es la conversación y lo más sobrevalorado, la persecución de la verdad, porque «lo que cuenta es que [en el cine] el artificio esté organizado de tal manera que permita condiciones de enrarecimiento de la percepción para descubrir algo, una idea o lo que sea que nos devuelva la autoría sobre la realidad…».
Así que leo Un destino común para salvarme y menos mal: no quisiera yo olvidar que las personas estamos, tantas veces, en apuros y nos necesitamos unas a otras y que por eso es importante verse y hablar; que crear contenido no es darle alimento a la máquina con reels sino pensar ideas y darles forma de algo que pueda compartirse con otros, para que agrade o moleste, para que sorprenda, para que recuerde algo y despierte el interés en otra cosa.
Me quedan dos sesiones de tres horas cada una en el curso y el libro ya lo he terminado, pero seré fuerte y venceré o, al menos, resistiré para contarlo.

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