Yo que nunca supe de los hombres. Jacqueline Harpman, trad. Alicia Martorell; Madrid: Alianza, 2021
La mujer en busca de sentido
Me parece a mí que el mensaje de esta historia, después de darle muchas vueltas horas después de haberla terminado, no es otro que alentar al lector a su búsqueda constante de respuestas: nunca te rindas, no pierdas la curiosidad, mantente alerta y cuestiona las cosas, nunca des nada por sentado.
Puede que en esos momentos en que sentimos que perdemos el rumbo o que no sabemos por qué hemos llegado al lugar en donde estamos, que la confusión nos da golpecitos en el hombro y nos marea, en momentos así es cuando debemos leer historias como ésta. Quizás sea ése el momento perfecto para leer Yo que nunca supe de los hombres, de la psicoanalista belga (hasta hoy desconocida para mí) Jacqueline Harpman.
Una mujer, la más joven de un grupo de cuarenta, escribe un testimonio de lo que le ha sucedido en los últimos años, desde que tiene recuerdos, desde que siendo niña ha convivido con esas otras mujeres bajo tierra, en una jaula y sin posibilidad de tocarse mutuamente ante la atenta vigilancia de un grupo de hombres que portan látigos y cuya última función es custodiarlas y darles alimento.
Ella no sabe nada más y, puesto que se narra en primera persona, el lector tampoco aunque recaiga en él la responsabilidad de adivinar por qué sucede lo que sucede.
Pese a tratarse de una de las novelas más duras e impactantes que he leído en mucho tiempo, Yo que nunca supe de los hombres no es melancólica ni se recrea en lo emotivo, en el dolor y el terror de lo que cuenta: la frialdad de su voz protagonista sirve de piloto automático durante la lectura y ayuda a no desviarse del interés, del objetivo, del desenlace. El ritmo frenético se desenrolla como una alfombra en terreno inclinado cuesta abajo y no podemos parar hasta la última página y la frase final, que hiela la sangre.
Una historia terrible que sin embargo sirve para pensar positivamente en la vida y en las capacidades del ser humano, para reflexionar y valorar el hecho de que podamos hacerlo, para ser un poco más humanos y no dejar de buscar el sentido a lo que nos sucede: porque aunque a menudo no lo encontremos es importante no dejar de intentarlo.
