Una copistería cercana

Hoy son las fotocopias.

Cuando llegaste a Madrid, hace demasiados años, entraste en una librería muy grande que hoy ya no existe. Subiste a la primera planta y le preguntaste a la dependienta que si tenían Edipo rey; tenías que leerlo para un examen y lo habías dejado para el último momento. La muchacha tecleó a su manera lo que tú le habías dicho; no obtuvo respuesta en la pantalla y no supo qué decirte salvo:

«Perdona ¿me lo puedes deletrear?»

Una vez deletreado correctamente entonces sí que la pantalla le indicó que tenían ejemplares en stock. Te compraste uno y no volviste a esa librería, pero años más tarde, en el mismo local, abrirían una zapatería muy moderna en donde tú entrarías a trabajar y donde conocerías a algunas de las personas más divertidas de tu vida.

Pero hoy son las fotocopias.

Hoy es la pregunta insistente y apretada de esa persona que necesita imprimir algo con urgencia, porque ha dejado la tarea para el último momento y la librería en la que tú trabajas de once a tres es el lugar en donde considera que su necesidad debe ser satisfecha.

Hoy.

En ese momento son las fotocopias.

Pero en la librería donde tú trabajas no se hacen fotocopias. Tampoco en la que hay dos calles más arriba de la plaza, ni siquiera en la del centro comercial y aunque no lo sabes, estás casi segura de que tampoco en aquella en la que compraste Edipo rey hace años, porque las librerías no son copisterías y por muy graciosa y muy rancia que suene la palabra debes aprender a usarla. Si trabajas en una librería debes aprender la dirección de la copistería más cercana. No lo has hecho y ahora pagas las consecuencias, porque te quedas en blanco y no sabes qué decir salvo:

«No, no hacemos fotocopias, lo siento».

Y ves el rostro de la decepción en la persona que te lo ha preguntado, el rostro de la angustia porque lo que necesita imprimir es un documento vital y por eso, inmediatamente después te preguntará que si sabes en dónde pueden hacerle una fotocopia por ahí cerca y no sabrás qué decir salvo:

«No, lo siento, no conozco el barrio».

Y la persona se marchará abatida, cabizbaja y triste porque no tiene su documento impreso, porque la carpetilla de plástico transparente y cierre de botón que lleva en la mano para guardar esa fotocopia que tú no le has hecho regresa consigo vacía, igual que llegó.

Hoy son las fotocopias y mañana, quizás, el ejemplar de un libro clásico que no vas a saber cómo se deletrea y, cuando te pregunten por él, no sabrás escribirlo correctamente.

Pedirás que te lo deletreen.

Mañana.

Hoy son las fotocopias.

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