Frutas

Nos habían estafado con los mangos.

El primer día en el mercado callejero de Richard Lenoir y nos habían colado tres mangos podridos. Tres. Nos verían en la cara que estábamos tan felices por vivir en París que aceptábamos lo que fuera por el precio que fuera y la consistencia y el color que fuera.

Los mangos se asentaron el frutero de la cocina. Acomodaron sus cojines, buscaron una mantita por si por la noche viendo la tele refrescaba y allí se quedaron. Proporcionalmente hubiera sido justo pedirles que pagaran parte del alquiler, todo aquel tiempo con nosotros los iba a convertir directamente en inquilinos en nuestro apartamento pero no lo hice. Me dije «en realidad los metimos nosotros en casa, quién sabe si en el fondo se sienten más bien víctimas de un secuestro».

Con lo bien que ellos vivían en el mercado.

Un boulevard entero que cada jueves y cada domingo se cubría de puestos de toldo naranja, verde y azul.

Deux euros le barquette! Deux euros le barquette!

C’est la banane! C’est la banaaaaaane!

Trinaban ofertas tentadoras para captar la atención del cliente. Hubo un vendedor que una mañana me ofreció un café. Me sonrió con su boca desdentada y me tendió un pedazo de melón. Insistió tanto que no pude negarme y acepté el pedazo; lo mordí sin mucho entusiasmo. No estaba malo pero, al volverme hacia mi derecha una mujer murmuró algo con desagrado:

N’a pas de saveur

Me encogí de hombros y le di las gracias al tendero. Después de echar un vistazo al género que me ofrecía me decidí por un kilo de zanahorias. Al pagarle echó a la bolsa unas dos o tres más. Les harían compañía a los mangos, pensé, perfecto, tal vez ocurra como con los gatos, que se aburren cuando se quedan solos en casa.

Me fui de allí feliz, directa a por los quesos, el mejor puesto del mercado.

Peatones despistados y turistas que se acercaban hasta allí a primera hora de la mañana y expertos oriundos de la zona que no acudían hasta bien entrado el mediodía, hora durante la cual el producto, prácticamente, se regalaba.

Nosotros fuimos lo primero, pero a la semana de estar allí nos habíamos convertido en lo segundo. No había costado mucho esfuerzo, tan solo la compañía de tres mangos y un par de zanahorias en el apartamento.

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