El cuarteto de Whitechapel

El cuarteto de Whitechapel; Daniel Sánchez Pardos; A Coruña; Ediciones del Viento; 2010.

De tripas y corazón

En el año 2005, la película Brick de Rian Johnson me sacaba de mis casillas y me ponía en las de un chaval de instituto, que sin comerlo ni beberlo se acababa convirtiendo en una especie de Humphrey Bogart y salvaba a los de su entorno estudiantil del crimen organizado paso a paso, igualito que un detective de cine negro. Era muy interesante ese planteamiento, muy llamativo y muy fresco.

Ahora leo la novela del barcelonés Daniel Sánchez Pardos y me llegan brisas semejantes. Así de fresquita y tranquila es El cuarteto de Whitechapel, una novela que destripa y se ensaña con el mundillo del arte contemporáneo y con las mentes creadoras que lo pueblan en masa, concretamente en los muy variados y molones barrios londinenses de Camden, South Kensington o el Whitechapel del título. Debe de ser guay vivir en Londres.

Al protagonista de este libro, lo que más le mola es ir descubriendo crímenes uno detrás de otro en pleno puesto de trabajo, como guía turístico del barrio de “Jack el Destripador”. Ikatz vive con su novia Paula, artista argentina y estudiante en la OAA del London alternativo de las rastas y de los piercings en la nariz. Los dos comparten piso y el fantasma de Borges le va aportando su punto de vista particular sobre lo que sucede, desde algún rincón del salón o de la cocina o del dormitorio, según se tercie.

Este Ikatz me cae simpático, me despierta empatía un personaje que se gana la vida como guía turístico, que ha desempeñado los más variados empleos de reponedor con su doctorado en Literatura a cuestas y su Licenciatura en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada a rastras. Me siento muy identificada.

Pero no acaba aquí el meollo de la historia, porque la acidez que corroe al personaje central del texto y que se manifiesta físicamente en más de una ocasión por medio de vómitos, se vuelca pausada, con sosiego y sin prisas, como si le diera igual todo, aunque no sea así.

Ikatz casi no come y su novia casi no aparece por casa; sus amigos son sombras chinescas que aparecen y desaparecen sin cortar ni pinchar demasiado y las mujeres, todas, le resultan imparcialmente atractivas. Bendita masculinidad: qué consuelo para el alma.

Y así mismo, con ritmo más de trote que de galope, en el mundo en donde viven estos personajes, hay otros tantos que se suicidan sin dar más explicaciones.
Una cadena de coincidencias narrada como una buena novela de género negro, en la que hay más de lo que se cuenta y menos de lo que se espera uno encontrar.

De mayor escribiré novelas o empezaré a comérmelas.

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