El club

El club. Pablo Larraín, 2015

Visión de profundidad

Un oculista, una vez, me dijo que yo no tenía visión de profundidad y que por eso, era absurdo que me empeñase en ver las imágenes de puntitos de colores que uno se pegaba a la nariz y luego iba alejando, poco a poco, hasta que percibía una silueta dentro de ese amasijo multicolor, porque yo nunca iba a percibir ninguna.

Y nunca vi ninguna, eso es verdad, pero pienso que algo de profundidad sí que tengo cuando veo algunas cosas aunque es posible que no las entienda.

Hoy he visto la película que ganó el León de Plata en el pasado festival de Berlín, una película chilena titulada El club, que dirige un señor que se llama Pablo Larraín y no he podido, no he querido ni he sabido profundizar en ella, por puro miedo.

En La cinta blanca (Das Weisse Band, Michael Haneke, 2009) más de una escena deja al espectador con la saliva encajada en la garganta y resistiéndose a seguir su camino fluyendo por el resto del conducto digestivo, pero hay una imagen en esa película que pese a durar unos pocos segundos, vale más que otras tantas mil palabras: la presencia de una torre de iglesia incrustada en medio de un apacible, sereno e imperturbable pueblo de los montes austriacos. Esa torre, blanca e inmaculada, no se alza majestuosa sino amenazante, no tiene un espacio en la aldea sino que está forzando su presencia en ella y la desgarra, la parte y la fragmenta.

La iglesia de La cinta blanca es descrita sin embargo, como elemento de cohesión de la sociedad que compone ese pueblo que protagoniza su historia. El prodigio de la paradoja narrativa en un argumento que es, por otra parte brutal e inmenso.

Y aquí, en El club de Pablo Larraín, la película que ganó el Oso de Plata en el pasado festival de Berlín (discúlpenme si me repito) la iglesia no existe para esa sociedad que la acoge en una humilde casucha de una playa en un lugar llamado La Boca; muy al contrario, la mantiene apartada y protegida, albergando a cuatro delincuentes que cumplen penitencia y purgan sus pecados en ella, retirados del ejercicio del sacerdocio porque sí, los cuatro lo son: curas y delincuentes.

A esa casita de retiro y reposo, ese modesto lugar habitado por cuatro curitas, llega la alarma cuando empiezan a notarse los motivos de tanto silencio y discreción. Entonces el espectador descubre que en el interior de la iglesia de esa historia hay un enfrentamiento y que es imposible que esa fe religiosa cale en la sociedad que le da cobijo generoso, mientras siga enfrentada en su organización interna.

No son curas buenos y curas malos los que se odian en El club, son la iglesia tradicional y la “nueva” que disponen una batalla con dudosa resolución.

Dudosa, digo, porque el mal con otro mal pretende sanarse y el círculo de la injusticia y del abuso se cierra con más heridas y más sacrificios, para no hacer otra cosa que volver al origen de todo, al auténtico agujero negro de la naturaleza humana.

Una película ésta, la ganadora del Oso de Plata -creo que ya lo saben- en el pasado Festival de Berlín, que se ve mal y se escucha peor. Unas imágenes borrosas para una fotografía de bruma y niebla gris y espesa, muy espesa, que además suena con una banda sonora que hace daño y en donde hay perros que ladran y hombres que gritan, o tal vez sea al revés, no queda claro.

Diga lo que diga mi oculista, yo no tengo dudas de la profundidad de esta película que acabo de ver, otra cosa es si alcanzo a comprender los motivos que pueden animar a alguien a darle forma y ofrecerla al público, aunque siendo la ganadora del Oso de Plata del pasado Festival de Berlín, tal vez sea yo que me equivoco.

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