Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) Alejandro González Iñárritu, 2014

No se lo digas a nadie

Sobrevuelo la ciudad, lo cual en estos días se convierte en una actividad particularmente agradable si se tiene en cuenta el amasijo humano que puebla e invade las calles de Madrid. Yo vuelo: tomo aire desde la puerta del cine según ésta se abre y en un movimiento coordinado de brazos y piernas, me lanzo al vacío y me dejo llevar “por encima de todos”.

Birdman, una película auténtica que he vivido contagiada del ritmo falsamente improvisado de su banda sonora y en una falsa continuidad realista, fruto del falso plano secuencia en el que pretende haber sido filmada. Birdman ¡qué buena eres!.

Qué bien retratas el ego del actor, el elixir que lo mata y le da la vida a partes iguales; qué bien te acercas a las bambalinas del teatro, a la escena, al patio de butacas y a la taquilla. Qué bien la fama y qué bien la caída en el olvido, la vejez, la humanidad tan ajena a aquél que una vez interpreta y se recuerda para siempre como congelado e inmortal en ese papel, en esa película como ese superhéroe (que nos da igual que sean pájaros o murciélagos, son siempre el 50% del superhombre).

Veo Birdman y además de salir volando hasta mi casa, como hace Michael Keaton sobre las azoteas y las avenidas de Nueva York, por el camino voy pensando que me gusta todo lo que he visto y oído, agradecida de no haber leído demasiado antes de entrar en la sala sobre “porqués” y “cómos” de su contenido. No hacen falta: hay que vivirla dejarla que a cada uno “le haga” lo que le toque, porque me doy cuenta de que algo tiene que me toca malamente en su historia.

Siendo tan directa y sarcástica en casi todos los palos que toca, resulta (me resulta) sin embargo maniquea y superficial en uno con el que debiera ser especialmente contundente: el de la crítica de cine y/o teatro.

Vale que es lo mío, que me va… por eso me ofende tanta flojera al respecto ¿Una crítica tópica sentada con una libreta en el bar de al lado del teatro? ¿Una amargada que quiere cebarse contra el actor/director por haber sido demasiado comercial en sus éxitos anteriores? ¿Una purista que recurre a las etiquetas? Vamos Alejandro: juégalo fuerte y dame algo mejor, más enrevesado, más profundo. Si te joden los críticos no digas que son malas personas porque están frustrados, que esa ya nos la hemos visto. Danos algo bueno de verdad, que el resto te ha salido niquelado.

Por mi parte estoy satisfecha y no tengo más que añadir. Esta vez no diré que la historia ya la he visto antes (aunque huela a All that Jazz a las leguas), como hice en el pre estreno de 21 gramos allá en el año 2003. Sé que no te acuerdas pero abrieron los micrófonos y te pregunté que si habías leído a John Irving y me dijiste que “no se lo dijera a nadie”. Esta vez se agradece el cambio de guionista, que lo de las historias cruzadas empezaba a cansarnos y desde Biutiful, a mí me has vuelto a ganar.

Creo que nadie lo sabe. Yo al menos, no he dicho nada.

Un comentario sobre “Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

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  1. Para mí Birdman es una película que ilustra la utopía de un director de teatro. Ese plano secuencia que escudriña todos los recovecos de la obra y las almas de sus interlocutores, que mira incluso en el interior de los espectadores. Paradójicamente en Birdman existe un paralelismo malabárico entre ese plano continuo de aire teatral y el cine de masas como objetivo crítico de trasfondo: Los efectos especiales. El más difícil todavía, situado tras el objetivo de la cámara en el caso de las películas de consumo masivo, y en la propia cámara en el caso de Birdman.

    Por lo demás, no sólo es tópica la imagen de la crítica en el bar de al lado. Un actor trasnochado que busca la fama en el teatro, ex alcohólico, mal padre, sufriendo el karma con su hija rebelde… Pero no importa, es lo de menos, hace mucho que dejé de sufrir por los tópicos. Dejarse llevar por ellos a veces nos permite asumir la realidad como una caricatura y centrarnos en las cosas más profundas, una vez rasgado el papel de envoltorio.

    Y ese final…ay, ay, los productores siempre metiendo la nariz en los finales, como si creyesen dejar así su firma con ello y adueñarse del mérito de la obra. En realidad la película acaba con el disparo, no hace falta más. Después de eso, empieza otra película de cinco minutos, con otra protagonista (su hija). Porque, ¿qué es un protagonista sino alguien que sufre un cambio interior que eclosiona cual alien con un tachán (un bang en el caso de birdman) en el momento del desenlace final?

    Y si Birdman (Michael Keaton) es el protagonista, si sufre una catarsis de sus demonios internos (esquizofrénicos), ¿quién es ese, maravilloso por otra parte, personaje catalizador? Pues Edward Norton en una memorable actuación, personaje tópico en la misma medida que el resto, pero absolutamente necesario. Podría reducirse la película a su mínima expresión, manteniendo únicamente a estos dos personajes interactuando continuamente, y no perdería su fuerza. Porque con esta película no hablamos de otra cosa que de la fuerza, aquello que mueve cosas, cachivaches internos en este caso, emociones y relés de estados mentales.

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