Alvin Langdon Coburn. Fundación Mapfre (Madrid)

Alvin Langdon Coburn. Fundación Mapfre (sala Bárbara de Braganza) Madrid. 13 de Diciembre de 2014- 8 de Febrero de 2015

Plata no es

Les confieso que antes de entrar a ver esta exposición, guiada y asesorada por gentes de buen entender, movida sin embargo por el puro prejuicio y desconocimiento más absoluto, me creo yo que ese cartel ilustra con una de las fotografías del señor Coburn nada menos que una neurona de las que mi querida amiga Ana emplea en su lugar de trabajo para estudiar, descubrir y avanzar en investigaciones científicas (y desde este mes, ya en Cincinnati ¡te voy a echar de menos!). Sin embargo, no es así: me refiero a que mi amiga se va del país para poder trabajar, de eso no hay duda ni vuelta de hoja pero que la imagen de la foto no es una neurona, sino el Madison Square Park de Nueva York, retratado desde una peculiar y compleja perspectiva en el año 1909.

Hay que ver lo que son las apariencias.

En fotografía pasa mucho, que un fotógrafo juega con lo que uno ve si sólo mira y no reconoce hasta que observa, o lo reconoce mal, como lo que no es porque no era posible. Chema Madoz sabe jugar esa partida muy bien.

La exposición es muy recomendable, muy visitable en días soleados o lluviosos, si uno accede solo o acompañado. Es bonita: fotografías que parecen dibujos y encuadres de los que ahora todos pensamos que somos capaces de hacer a simple “dedazo en la pantalla” pero ante las que nos equivocamos, sin vuelta de hoja. No son lo mismo.

Los detalles de edificios, de rincones, de calles, la visión de Londres como salida de un libro de grabados de tinta sobre metal, los retratos que ofrece esta muestra se tomaron por alguien que llevaba jugando la partida de la fotografía desde los ocho años, en unos años en los que había que estar bastante fuerte para cargar con una cámara y su respectivo trípode por el mundo. Nada ultraligero ni de bolsillo, nada con vista previa ni descartable infinitamente, todo bien medido y decidido antes de darle al “clic” (o más bien al “cotoclón” que debía de ser como sonaban las máquinas por aquel entonces).

Sé que no cuento nada nuevo con esto, pero insisto en que dejarse caer por la galería para ver estas imágenes bien merece el paseo. No porque sean engañosas ni impactantes, no porque nos obliguen a reflexionar con su propuesta arrolladora… tan solo porque se pensaron mucho antes de hacerse y toda esa historia, se intuye cuando uno se para a mirarlas: porque las cataratas del Niágara se congelaron en al parte americana durante un invierno en que Alvin le tocó vivir, y fue hasta ellas para tomar fotografías. No hay precio.

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