Hermosa juventud

Hermosa juventud. Jaime Rosales, 2014

Divino tesoro

Veintitrés años o veintidós, da lo mismo: feliz época. Plenitud física y energía para comerse el mundo, ponérselo por montera o lo que decida uno hacer con él de buena mañana. Tener la vida por delante y sin embargo toparse con un muro de ladrillo visto y cemento que todavía está fresco. No poder saltárselo y esperar mientras se pasa lo que pasa, mientras la vida se vive.

Esa juventud, ese “divino tesoro” que a todos nos toca un día llega en la última película de Jaime Rosales retratada como un frenético remanso de inactividad y es impecable: un retrato de personajes desgraciados que pasan por esa etapa y avanzan como pueden para saltarse ese muro sorteando heridas por el camino.

Hermosa juventud, un drama social aparentemente fácil de proponer en los tiempos que vivimos pero dotado de personalidad y fuerza para distinguirse del mero boletín informativo, recuerda a esta espectadora a otras dos historias por dos motivos que podrían llegar a ser opuestos o incluso excluyentes dentro de un mismo argumento y que aquí, no lo son.

De un lado, el amor envejecido prematuramente tal y como se contaba en la tristísima Like Crazy (Drake Doremus, 2011): la decadencia de un sentimiento puro e intenso que sin embargo enseguida iba disolviéndose en las vidas a medio construir de sus jovencísimos protagonistas. Si en aquella eran personajes sujetos sólo a conflictos sentimentales y de los cuales se obviaba una condición económica más que acomodada, en el caso de Natalia y Carlos, la pareja de Hermosa juventud, contamos además con el agravante de una crisis económica que va dando navajazos en el cuello de quienes les toca vivirla con peor fortuna: aquellos que menos recursos tienen para enfrentarla y salir adelante.

Por otra parte, trae consigo la imagen de aquella otra historia de supervivientes sociales titulada 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007) el abismo de los embarazos no deseados en jóvenes cuya cruda y desfavorecida realidad les complica aún más el encuentro de una solución a su problema. Pero es sólo una imagen, un recuerdo borroso que nada tiene que ver con la propuesta de Rosales.

Se trata de una historia que une ambas desgracias y propone una solución al conflicto tan inesperada y tan dramática que consigue dotar al conjunto de la película de una originalidad que hace daño. Uno no espera que le cuenten que hay juventudes que se pasan así porque no hay alternativa y duele, como un corte de navaja.

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