Vertigo : De entre los muertos

Vertigo[1], A. Hitchcock, 1958

Cierra los ojos

“No me acordaba, pero tengo vértigo”, asegura el personaje de César a los aproximadamente 108 minutos de metraje de la película Abre los ojos (A. Amenábar, 1997). No es casual que se halle al borde de una altísima azotea de los Nuevos Ministerios, en Madrid, a punto de saltar al vacío para cometer suicidio. Suicidio creativo, sin duda, el del responsable de aqueste producto de la cinematografía patria de finales de milenio, el cual en mitad de la acción, ya osaba ubicar al personaje interpretado por Penélope Cruz (supuestamente rescatada “de entre los muertos”) en medio de una reconocible nebulosa verde, avanzando desde el marco de una puerta hacia el héroe, para fundirse con él en un beso apasionado que queda registrado en una secuencia de cámara girando alrededor de ambos. Copia indecente y además reconocida, sin vergüenza alguna por parte del responsable director, en declaraciones para alguna entrevista, en algún momento.

Para John “Scottie” Ferguson (el héroe acrofóbico de la película de Alfred Hitchcock que sirve de excusa para estas líneas) la angustia respecto a su obsesivo objeto de deseo encarnado en Madeleine, no nace del empeño por descubrir la verdad acerca si ella está muerta o no, como sucede en la película de Amenábar, sino del intentar recuperarla a toda costa (puesto que se sabe testigo “real” de la muerte de la misma) por medio de vestidos, maquillaje y peluquería aplicados a otra que se le parece bastante. Los esfuerzos del personaje culminan en desgracia y el tono definitivo del film de Hitchcock es por tanto siniestro[2]: realidad y posibilidad, racionalidad y fantasía se confunden en un argumento literario, que gana intensidad y se reafirma gracias a los efectos visuales para su adaptación a la gran pantalla.

La Historia del Cine engrosa con esta obra su lista de grandes logros, piezas artísticas que transmutan en clásicos con el paso del tiempo, y cualquiera, bajo la excusa de un estúpido homenaje, puede hincarle el diente, despedazarla y servirla en bandeja de cartón al público virgen que, si acaso no ignora la existencia del “padre”, seguro que va a adorar ciegamente las trampas y robos del “hijo”.

Si dejamos a un lado las reivindicaciones y constatación de injusticias, podemos decir que Vertigo cuaja cómodamente en la retina del espectador, por el ejercicio visual que propone para dar forma a la rocambolesca historia en que se basa; un marco apropiado, una elección inteligente: si lo que se quiere contar son las obsesiones oníricas, servirse por ejemplo de la animación psicodélica; en caso de idealizaciones, filtrar la escena con colores saturados, por el poder simbólico que pueda tener una determinada gama cromática; para estados de ansiedad y desesperación, los contrapicados más abruptos… y así hasta el final de la obra, por la que quizás haya alguien que aún se esté revolviendo en la tumba, visto lo visto años después.

[1] Basada en la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, Sueurs froides: d’entre les morts, (1954).

[2] Aplico aquí exclusivamente la connotación propuesta por Eugenio Trías en su ensayo Lo bello y lo siniestro (Barcelona, Ariel; 1988): “Lo siniestro en las vivencias se da cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación… Lo siniestro se revela siempre velado, oculto, bajo forma de ausencia, en una rotación y basculación en espiral entre realidad-ficción y ficción-realidad que no pierde nunca su perpetuo balanceo”.

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