Riña de gatos. Madrid, 1936

Riña de gatos. Madrid, 1936. Eduardo Mendoza, Madrid: Booket, 2010

Belle Époque

Leer a Eduardo Mendoza es como sentarse a beber un té calentito con galletas de mantequilla (de hecho, ambas cosas pueden compaginarse y el resultado no puede ser más satisfactorio para quien consume). Los personajes llegan, se expresan con una gracia inteligente y fresca que dan puro gusto y una se deja embelesar por la historia que desgranan hasta que un buen día todo se acaba y se cierra el libro porque se ha llegado al final. Igual que el té con galletas: todo dura un ratito pero se disfruta enormemente.

Riña de gatos. Madrid, 1936, que podría quedarse en una novela de ficción histórica, detectivesca con algún que otro chiste lanzado con más o menos elegancia es, a mi parecer, un ejemplo más de la genialidad de Eduardo Mendoza, un autor entrañable con muchísima personalidad.

Comencé a leer este libro en el inicio de mis vacaciones de Navidad y lo terminé casi un mes después. Lo leí con calma y a sorbitos, igual que hago con el té, sin dejar que se enfríe del todo pero atemperando la intensidad inicial entre trago y trago con pausas, galletas de mantequilla y alguna conversación con Fran, que adora las novelas de Mendoza y a ésta le tiene un cariño especial.

Anthony Whitelands, experto en pintura española y admirador profundo de Velázquez, llega a Madrid en pleno polvorín político, durante el ocaso de esa Segunda República con la que terminaba la Belle Époque de Fernando Trueba (1992). Las cosas están tensas y en las calles de la capital cada uno sobrevive como puede, hace negocios con quien se los ofrece y opina de ideologías y gobiernos como Dios le da a entender.

El meollo de Riña de gatos, pese a las turbulencias en que se ambienta históricamente, se centra más en los líos en los que el pobre Anthony (o «Antonio Vitelas» como se le llama del modo castizo más conveniente) se ve envuelto por querer ayudar a quien no debe y ensuciarse las manos por quien menos se lo merece que en el cambio de Gobierno, aunque esto también ocupa su merecido lugar en la trama. Señoritas de buena cuna, políticos bravucones, estafadores y mendigos, prostitutas tiernas y demás personajes pululan alrededor de Anthony Whitelands, que sólo encuentra consuelo en los pasillos del Museo del Prado, entre un despliegue de recursos lingüísticos que cualquiera que se precie de haber escrito algo en su vida no podrá dejar de envidiar y aplaudir.

Leer y estudiar son actividades poco compatibles pero si hay vacaciones de por medio una hace lo que mejor puede.

Y si no, siempre habrá una tacita de té con pastas como alternativa cuando se la necesite.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑