Un instante en la vida ajena

Un instante en la vida ajena. Jose Luís López-Linares, 2003

Ajena felicidad

“Alguien que sonría mientras va caminando por la calle, será siempre tratado como un loco, pero si esa misma persona se muestra concentrada en sus pensamientos con seriedad o incluso amargura en el rostro, nadie tendrá nada que decir. Será lo normal”.

Más o menos eso es lo que una profesora dijo un día en clase y hasta hoy lo recuerdo sin poder evitar estar de acuerdo, por mal que me pese.

Viendo estos días el documental dirigido por José Luis López-Linares Un instante en la vida ajena, ganador en el 2004 del premio Goya a la mejor película en su categoría y brotado de una idea original de Arantxa Aguirre, pienso en eso mismo, porque de eso mismo trata la película indirecta pero inevitablemente: Madronita Andreu, hija del conocido doctor y creador de las pastillas para la tos y una hermana del pintor Francisco Miralles, una mujer de elevada clase social, criada entre intelectuales de la Barcelona de comienzos del siglo XX, dedicó su vida y sus esfuerzos al registro visual de sus amigos y su entorno familiar, mediante la filmación de películas. Algo increíble.

Y es que lo que más llama la atención en esas cintas silentes y granulosas, es la alegría que contagian los retratados: gente “bien” que es feliz, que siempre es capturada en un ambiente cordial, amable, despreocupado. Personas que aceptan que una mujer inquieta y curiosa, una señora que debía de ser toda una “seductora” en palabras del narrador de la película, el montador de cine y TV Salvador Guardiola, a quien Madronita encargó el archivo y edición de todo su material, se acercara a ellos cámara en mano y que probablemente, también les pidiera que se comportaran con “naturalidad”, una naturalidad nada espontánea, por supuesto.

Mandronita Andreu logró filmar metros y metros de película sobre gente sonriente y alegre, que se encuentra en fiestas, pasea por ambientes turísticos o desempeña alguna que otra actividad de ocio y entretenimiento.

Estancias en Suiza y en Nueva York huyendo de la guerra, cruceros, graduaciones e interminables fiestas en la finca que tenía la familia en Puigcerdá, son las ocasiones que Madronita escogía para ser registradas y reproducidas en el futuro, porque como ella bien sabía “la gente pasa, pero las películas quedan” y ¿qué hay de malo en preservarlas durante instantes felices?.

En 1967, la ya anciana Señora Andreu viaja con su marido a África y a la India, tomando nota visual de paisajes, colores y personas que eran genuinos y casi opuestos a lo que había tenido ocasión de retratar hasta la fecha. El estilo y la elección de los temas es sorprendente, auténticos instantes documentales.

Tampoco se le escaparon a la autora, con una nieta estudiando en Nueva York, ni las reacciones populares al asesinato de Robert Kennedy ni las concentraciones hippies de los años siguientes. Debía hacerlo, quiso conservarlo.

Así que agradezco a esta mujer su trabajo y sus ideas, porque es debido a iniciativas como la suya que hoy podemos descubrir un poco más sobre el cine y su valor de comunicación, porque los documentales logran que ya casi nada nos sea ajeno, incluso si retratan sólo la felicidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: