The New Yorker at 100. Marshall Curry, 2025
Llega un día en que la cafetería más ridícula de tu barrio, la primera de una larga lista de cafeterías absurdas que fueron inaugurándose en la misma calle en los últimos 7 años, esa a la que acudes de vez en cuando con tu novio para regalaros un desayuno ridículo compuesto por tostadas y cafés de ridículo tamaño y precios sin explicación, esa cafetería, un día deja de incluir ejemplares atrasados del New Yorker en su mueble revistero y para ti, esa cafetería pierde inmediatamente una parte importante de su ridículo encanto.
Tú no estás suscrita al New Yorker, tampoco lo compras de manera ocasional cuando lo ves por ahí, extrañamente, a la venta en un quiosco, porque tampoco compras revistas desde que tenías quince años y coleccionabas el Fotogramas y el Ballet 2000 pero, igual que no desayunas una tostada con paté de nueces de macadamia y huevos rancheros acompañada de un latte de medio litro con leche de almendra todos los días, cuando lo haces te gusta poder agarrar un ejemplar trasnochado del New Yorker y leer recomendaciones de espectáculos culturales de una ciudad en la cual no vives, reseñas literarias de libros que en tu país ni siquiera se distribuyen y quedarte pasmada delante de ilustraciones cómicas a las que te lleva varios minutos pillarles la gracia, porque no controlas el slang, o no estás en sintonía con el humor ácido que desprenden o, simplemente, no las entiendes.
Para ti, que valoras el New Yorker a tu manera, Netflix estrenó el pasado mes de diciembre un documental que conmemora los 100 años de la revista. Si lo ves te prometo que te va a gustar mucho.
No sólo vas a disfrutar con curiosidades como que, en 100 años de vida, esa publicación ha contado sólo con cinco directores, es que el actual va a aparecer en su casa, despertando por la mañana y preparándose para emprender una nueva jornada mientras la cámara recorre su apartamento, un lugar digno de un documental para él solo.
Comprobarás, como te decía tu novio, que el New Yorker era famoso por contar con un equipo dedicado a chequear la veracidad de aquellos facts incluidos en entrevistas o crónicas y, para comprobar que el autor no se inventara nada, llamaban por teléfono a aludidos en el texto para contrastar detalles citados en él con otra fuente. Te sorprenderás porque a día de hoy, con la IA acechando en cada esquina, el New Yorker mantiene a una plantilla dedicada a eso (o eso nos dicen en el documental y tú querrás creer que es cierto).
Cientos de ilustraciones pasarán ante ti en la pantalla, las portadas durante esos 100 años, las mismas que, recordarás, visteis tú y tu novio en la Biblioteca Pública de Nueva York el pasado verano, en una exposición preciosa donde tu favorita fue esa que muestra a uno de los leones de la biblioteca con plumas de paloma neoyorkina flotando alrededor de su boca. Las verás y te explicarán lo difícil que es escoger solo una para celebrar un siglo de publicaciones.
Algo casi tan difícil como escoger, para cada número, sólo cuatro o cinco viñetas cómicas de entre las miles de candidatas que llegan a la bandeja de correo de quien se encarga de seleccionarlas.
Te va a encantar y además, lo narra Julianne Moore, pero no te darás cuenta hasta que te pongas a escribir una reseña en tu blog y busques información adicional sobre la película.

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