Jim Henson. Cuento de arena

Jim Henson. Cuento de Arena. Jim Henson, Jerry Juhl, Ramón K. Pérez.Trad. Ernest Riera.Rotulación: LimboStudio. Barcelona, NORMA Editorial. 2013

Descartes

La vida es cuestión de elegir cosas, tomar decisiones y recortar contenidos; no todo nos vale siempre y para todas las circunstancias: Hay cosas que sí, hay otras que no.

No todo lo que a uno se le pasa por la cabeza podría pronunciarse en el momento mismo en el que lo piensa (y esto habría que explicárselo a más de uno, que parece que todavía no ha terminado de entenderlo).

No todo vale, ni siquiera para los más grandes.

Abusando de la homonimia aprovecho para decir, de paso, que si aquél que es plenamente consciente de que piensa cosas, se hace cargo también de que existe y tiene presencia en el mundo, la novela gráfica que tengo entre manos bien podría haberla rumiado el mismísimo Descartes traído a los años setenta del siglo XX, que es cuando originalmente la gestaron Jim Henson y Jerry Juhl como guión, como proyecto de película, como idea audiovisual que jamás llegó a ver la luz… y mucho mejor que haya sido así, para todos.

Cuento de Arena (Jim Henson’s Tale of Sand) es una parida muy gorda que durante unos cuantos años trajo de cabeza a Jim Henson y a su colega Jerry Juhl, cuando eran unos jovenzuelos reventones de ideas y ambición mal canalizada. Esto, por lo visto, pasa siempre (o casi siempre) con los grandes creadores de leyendas; Jim y Jerry lo han sido, porque de ellos nacieron los Muppets y los Fraggle Rock, Sesame Street y demás inteligentes versiones del títere tradicional. Para mí y los de mi generación, Jim y Jerry han conformado una parte de nuestro cerebro tanto juntos como por separado cosa que para bien o para mal, tiene sus consecuencias inmediatas en los gustos y criterios que yo y los de mi generación desarrollamos.

De ahí el desconcierto.

Es por esto, la confusión.

Leo Cuento de Arena porque me lo prestan, porque me dicen “te va a gustar porque es una rayada de las tuyas” y eso me pone en guardia: Me creo que todo lo que haya parido Jim Henson encaja con lo que puede denominarse con el ambiguo y obtuso calificativo “de lo mío” (qué me gustan a mí las cosas turbias y siniestras, siempre lo digo) pero jamás hubiera pensado que algo de Henson, se pareciera remotamente a una “rayada de las mías”, así que convencida y curiosa le hinco el diente y alucino.

Mi primera sorpresa es la estrategia comercial que sigue: Igual que las marionetas que hicieron famosos a estos dos colegas, la factoría Henson mueve los hilos de su producto y lo coloca como una “maravilla inédita que por fin ve la luz tras largos años de oscuridad” y sólo se me ocurre contestar que “menos lobos, Caperucita”.

Imagino a Jim y a Jerry flipando con la idea de un guión y poniendo todo su entusiasmo en crear esta historia, hasta que dan con la fórmula mágica del títere entrañable y sarcástico y abandonan el proyecto, lo esconden y lo entierran, efectivamente: Lo descartan para dedicarse a otra cosa que les fue realmente bien y que sigue dando beneficios a sus herederos a día de hoy ¿Por qué sacar del cajón lo que un buen día fue allí colocado? Sería por un buen motivo y a mí, al menos, después de leerlo no me quedan dudas.

La historia que cuenta Cuento de Arena es más onírica que realista; es la toma de consciencia de un hombre de lo paranoicos que podemos llegar a estar todos en ciertas ocasiones, si nos dejamos arrastrar por nuestras obsesiones y manías persecutorias (algún brote nos ha dado a todos en algún momento, o si no empiecen a tirar piedras, valientes) que pensamos y que existimos y que así nos va.

El envoltorio, cierto es que no puede ser más atractivo, porque las tapas de cartoné y la combinación amarillo/violeta son llamativas y están increíblemente ligadas a la locura (nota para los fans de Breaking Bad: son los colores que identifican al personaje de Marie Schrader, esa odiosa cuñada tan poco metida en sus cabales… no sé si me siguen) pero es que además, las ilustraciones de Ramón K. Pérez tienen una fuerza y hacen un ruido que no pueden ser más cercanos a lo que efectivamente, hubiera podido parecerse a una película.

Los más curiosos, encontrarán además el guión original al final de la novela gráfica, como colofón friki que igualmente, desde aquí opino que está de más.

Pero que cada uno descarte lo que considere. Es la vida.

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