El refrito en el cine: ¿necesitamos remakes?

«Cuando el refrito se sirve como primer plato»

[Artículo publicado en DOZE Magazine el 12/04/2013]

Se conoce con el nombre de “ropa vieja” al típico plato de comida que aprovecha las sobras de un cocido, o de cualquier otro tipo de vianda condenada a cocinarse en cantidades excesivas, que se saltea y se condimenta para volver a servirse como un plato nuevo, al día siguiente.

Una come ropa vieja los lunes, tras la comida familiar del domingo, o durante una semana entera que suele seguir a la correspondiente semana de empachos y pavos asados de Navidad. Lo que sucede casi siempre, es que la ropa vieja nos gusta, pero preferimos dejar pasar unos días antes de repetir menú ya que la insistencia cansa.

Otras veces deseamos regresar a la receta original para saborear con deleite el guiso genuino del primer momento o el horneado a fuego lento, que tanto esfuerzo le costó al cocinero responsable.

En esta última ocasión, que nos pongan delante un plato con un amasijo de carne y patata camuflado por salsa de tomate o similares, nos decepciona. Lo comemos y le buscamos el sentido, perseguimos el recuerdo de aquel gusto primigenio y aunque tímidamente podemos hallar algo parecido, no deja de ser una falacia. Ya no es lo mismo.

¿Por qué entonces se empeña la industria cinematográfica en condenar las grandes creaciones del pasado (PASADO, sí: aquello que sucedió antes en el tiempo y que NO VOLVERÁ A REPETIRSE) con producciones contemporáneas de ridícula pretensión? Parece que hay cierta confusión al respecto y que todo aquello de valor que hubo de existir anteriormente, se considera que “sobra” y que hay que aprovecharlo hoy, como primer plato, como un estreno.

Si citamos ejemplos, nos podemos volver locos así que valga para muestra, el tráiler de la nueva versión del clásico de Stephen King que en su día adaptó Brian De Palma, Carrie (1976). Héte aquí el asado original:

Y aquí el refrito del día siguiente:

Seamos sinceros: los años setenta dieron para lo justo en materia de efectos especiales, qué duda cabe. Hoy en día lo hacemos todo mucho mejor, más limpito y mejor sonorizado. Visualmente somos capaces de recrear unas escenas con las que en la vida, el autor de la novela hubiera siquiera llegado a fantasear (y eso que es Stephen King, que de imaginación va sobrado) pero ¿era necesario?

No, desde luego que nadie lo necesitaba, pero se ha hecho, otra vez.

Carrie (Kimberly Peirce, 2013) se nos antoja como una “mejorada” y depurada adaptación, no del texto del que brota la historia sino de la película homónima con Sissy Spacek como protagonista, que en su día se creó.

Aquella vez, el espectador se dejaba arrastrar por una atmósfera mareante, viciada, estéticamente setentera en cada esquina de cada recreación de escenario. El mundo de Carrie White, se retrataba como un espacio molesto y opresivo en donde una madre con un concepto algo desquiciado de las Sagradas Escrituras, hacía la vida imposible a esta adolescente que crecía y se desarrollaba, muy a su pesar, con timidez e ignorancia y de la que se mofaban sus compañeros y compañeras de instituto, todo lo cruelmente que la adolescencia permite.

Aquella Carrie de entonces, mostraba una carga sexual y erótico-festiva que todo parece indicar que se pierde en esta fritanga de estreno. Viendo aquélla otra, nos dábamos cuenta de que el problema de esta chica no sólo era que no le habían informado acerca de los cambios físicos y hormonales de la pubertad femenina, sino que además se le había educado para entender que eran castigos procedentes del Demonio. Así que ella y su entorno, en las duchas y los gimnasios del instituto, en pantalón corto, camiseta ajustada… no entiende nada de nada.

Pero el espectador sí.

Y ¿qué sucede ahora en esta nueva entrega? Que pasa por encima de esa pátina de “soft-por-vintage” tan característica de la otra y centra la atención en los poderes telequinésicos de Carrie, en su lucha contra el bullying del cual es víctima a diario en las aulas. Lo cual está bien, pero es otra cosa.

Salsa de tomate y patata.

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