Explorando la Trilogía de la Cortina Roja de Luhrmann

«El gran Luhrmann»

[Artículo publicado en DOZE Magazine el 05/03/2013]

Casi tan difícil es imaginarse una película de Baz Luhrmann sin estridencias, como un desierto sin arena o una nevera sin media cebolla en uno de sus estantes. Al director australiano le van los efectos visuales y sonoros y este año, se atreve con una nueva versión del clásico de F. Scott Fitzgerald, The Great Gatsby (1925) aquél que ya se había encargado Jack Clayton de volver inmortal en una película con Mia Farrow y Robert Redford como protagonistas en 1974. Existen otras adaptaciones, como la producción televisiva del año 2000 con una Mira Sorvino algo descontextualizada, o la silente de Herbert Brenon (1926) pero todo parece indicar que la que anuncia Luhrmann no decepcionará a sus seguidores.

Baz Luhrmann es fiel a un estilo de filmación que no deja indiferente. Uno puede adorar sus ansias de plasmar en revoloteos de cámara y golpes de sonido, las historias románticas que hasta la fecha ha venido contando, o huir de tan molesto compendio de pirotecnia cinematográfica. O lo odias o lo amas, pero sólo si lo conoces.

Mark Anthony Luhrman apostó por la denominada “Trilogía de la cortina roja” (Red Curtain Trilogy) como carta de presentación al mundo de la dirección de cine.

En su primera pieza Strictly Ballroom (El amor está en el aire) (1992) se contaban las “aventuras” de un grupo de personajes algo arquetípicos y bastante histriónicos (la patito feo que se quita las gafas y resulta “bellisísima”, la madrastra malvada, el guaperas de cartón…) en torno a los concursos de baile de salón; notablemente influido por las narraciones familiares (su madre daba clases de baile de competición) Luhrmann parece que no termina de desprenderse de esta tendencia al musical esperpéntico, ni en sus trabajos más recientes, fuera de la trilogía.

En 1996, llegaba la segunda película de esa cortina roja: Romeo + Juliet. Leonardo DiCaprio, que a punto estaba entonces de convertirse en empapelador oficial de carpetas de adolescentes gracias al éxito inusitado de Titanic (1997) se catapultó aún más lejos como protagonista del film, junto a la dulce Claire Danes. Esta versión de la tragedia romántica por excelencia, puso los pelos de punta a más de un purista recalcitrante, porque la bella Verona se cambiaba por un México D. F. cargado de violento colorido y porque los terciopelos medievales, se habían convertido en camisas hawaianas y pantalones vaqueros.

Licencias estilísticas aparte, lo cierto es que la película seguía con sorprendente detalle el texto original de Shakespeare y sirvió para que mucho joven descolgado se enganchara al clásico para siempre.

La tercera entrega de la trilogía apareció en el 2001, aderezada con  los gorgoritos lánguidos de Ewan McGregor y Nicole Kidman, probablemente la pareja con menos química de la historia del cine. Moulin Rouge! quiso poner sobre el escenario otra fábula más de amores imposibles y destinos fatales, abusando de la confianza que su público le había dado respecto a los usos alternativos de imágenes y sonidos, por encima de las historias. El recurso al anacronismo, poniendo a unos personajes de principios del siglo XX cantando T. Rex, Madonna, The Police, Queen o Fatboy Slim cuajó a las mil maravillas entre las nuevas generaciones, fue nominada al Oscar como mejor película de ese año y batió récords de taquilla.

Siete años hubo que esperar para ver un nuevo largometraje de Baz Luhrmann. Entre medias se dedicó a la publicidad y aprovechando el tirón de Nikole Kidman organizó una mini peliculilla sobre cierto conocido perfume con nombre de número primo (año 2004):

Se dijo que era el anuncio más caro de la historia.

De modo que en el año 2008 ya estábamos listos para recibir Australia, otra vez con Nicole Kidman y otra vez con romanticismos de pretensiones épicas.

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