Thomas Heatherwick debió de cubrirse de gloria bendita cuando nada menos que cuatro personas (incluyendo un chaval de 14 años que iba con sus padres) se suicidaron saltando desde lo alto de su estructura de los Hudson Yards. The Vessel, también conocida por los neoyorkinos como el «doner kebab gigante», se cerró al público durante tres años para someterse a unos cuantos retoques que suavizaran su peligrosidad y hoy es una de las escaleras de metacrilato más feas que puede contemplarse en todo el mundo.
Sin aparentemente más utilidad que la de cobrar $10 por acceso, The Vessel (inaugurada en 2019) se levanta sobre los transeúntes como una enorme escalinata equivalente a dieciséis pisos (unos 50 m.) trenzada en espiral, como un panal, una turbina o un cuadro de Escher. Desde dentro se sube y se sube dando rodeos y cuando una llega arriba, si no se ha desmayado del vértigo por el camino, contempla la ciudad a sus pies (el objetivo de casi todas las atracciones de Nueva York, por cierto: sentirse demiurgo por un ratito).
Las medidas de seguridad añadidas tras la obra (fundamentalmente redes enganchadas a las valiosas vigas de acero italiano original) han conseguido frenar la ola de suicidios, algo que está muy bien, pero lo que pocos tienen en cuenta es que la gente que quiere saltar y acabar con todo sigue intentándolo desde ahí, lo que sucede ahora es que no mueren sino que se desgracian con roturas por todo el cuerpo.
Memorable.

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