Casablanca sin Bogart

Casablanca sin Bogart: La extinción de la imaginación. Ana Durá. Versión Kindle, 2014.

Un mundo infeliz

Antes de arrancar a toda prisa con los comentarios sobre mi reciente lectura de esta novela, prefiero hacer una parada y tomar un poco de aire antes de sumarme a lo que viene siendo costumbre en este tipo de reseñas sobre ficciones atemporales (que no futuristas) y negativas de la sociedad que conocemos, si se propagaran descontroladamente ciertas actividades que parece que comienzan a suceder ahora, en el presente real.

Lo llaman “distopía”, un término robado a bocajarro del inglés dystopia y a su vez, del griego δυσ- -τόπος… algo así como la sociedad a la cual nadie quiere pertenecer pero que se impone amenazante. Lo contrario de utopía, para entendernos.

El caso es que se habla ya de “novela distópica” y hasta se imprimen fajas en las ediciones más fresquitas de los best-sellers con esa palabra, orgullosa y segura de su signifcado porque al parecer, vende y mucho (siendo más bien poco lo que en general se vende en el berzal de la literatura, hoy día).

Será ésta por tanto una novela distópica más, de ahí lo poco que me ha estimulado su lectura.

Alguna vez he dicho que a mí los futurismos no me van, pero que igualmente me gusta probar y leer alguno de vez en cuando por si la sorpresa le gana de un sopapo al prejuicio. En este caso, no ha sido el azar quien me ha tentado sino una petición formal y confiada de la autora, a quien por nada del mundo querría yo ofender, ni mentir.

Así que no me andaré con rodeos y diré lo que he pensado y sentido mientras me ocupaba en la lectura de su libro: que siento profunda envidia de aquellos que son capaces de estimular su imaginación ante historias de este tipo, que a mí según tengo comprobado, me aburren infinitamente.

Huxley fue obligatorio en el instituto, Orwell una recomendación de cierto amigo influyente y Bradbury una apuesta con ese mismo amigo. Ninguno me lo hizo pasar bien (a mi amigo de hecho, no he vuelto a verlo) pero aprendí a conocer mejor mis gustos y afinidades y que la imaginación, siempre tiene sus límites.

En el caso concreto de Casablanca sin Bogart corren tiempos duros para la creatividad literaria: ya no se escriben historias originales porque se asegura que es imposible, que todo ha sido contado ya. Las novelas se rescriben y las películas se vuelven a producir modificando personajes, comportamientos o contextos para que no sean más que un recuerdo de un argumento lejano que pueda resultarle familiar al lector/espectador.

Van a colarse demasiado personajes en una trama que, por otra parte, tampoco deja muy claro hacia qué dirección avanza y por cual de sus protagonistas prefiere decantarse. Va a recargarse cada descripción con adjetivos y metáforas que confunden al lector, que lo desorientan; algunas imágenes serán increíblemente originales pero innecesarias, extrañas. Para mí en cualquier caso, son demasiadas.

También hay romanticismo, en pequeñas y forzadas dosis, que no encaja bien con el sentido general de lo que se cuenta (¿la rebelión ante un poder superior opresor de la imaginación? ¿la lucha por la originalidad? ¿la preservación de la tradición literaria?).

La buena noticia es que la infeliz aquí soy yo, que nunca he escrito una novela y me dedico a descuartizar las de otros. A cada uno, lo suyo.

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